Enfadados con el pasado

Cada vez son más las noticias que proceden del mundo de la política y que afectan a la Historia. Cada vez más políticos nos dan clases de Historia, o mejor, denuncian algún pasaje de la Historia. Algo que me parece preocupante. Hacer política con el pasado supone querer imponer una determinada lectura del mismo, lo cual tampoco es que sea demasiado extraño, toda vez que en la escuela siempre se ha enseñado una determinada visión de la Historia. Sin embargo, hoy en día las nuevas corrientes didácticas nos permiten intentar superar esos planteamientos para formar alumnos con capacidad crítica, capaces de enfrentarse a diferentes visiones de un mismo acontecimiento y de decidir de manera autónoma. Por eso no entiendo a todos los que en los últimos tiempos parecen enfadados con el pasado, por un motivo u otro.

Esta semana la anécdota la ha protagonizado un sindicato de estudiantes londinense, de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos, al proponer que no se estudie más a Platón, Kant o cualquier otro filósofo blanco y europeo, por colonialistas. Me encantó el artículo de Jorge Marirrodriga sobre el asunto en El País, así que yo me ahorro otros comentarios al respecto. En nuestro país, además, tenemos ejemplos parecidos, como cuando se propuso eliminar de Barcelona el monumento a Colón –que comentó perfectamente el profesor Santacana-, la polémica en el ayuntamiento de Mijas que –como se dice ahora- se hizo viral por la respuesta sarcástica en tono condescendiente que dio el alcalde a una propuesta para cambiar el nombre de una calle que se iba a llamar Decubrimiento, pero que a juicio de un grupo opositor tenía tintes de ideología española excluyente; o en la misma línea, cualquiera de las interpretaciones condenatorias de la conquista española del continente americano, a las que Arturo Pérez Reverte respondió una vez con su sorna habitual, pero bastante cargado de razón: “mi abuelo nunca viajó a América, el que sí vino fue el abuelo de usted”.

El ejemplo navarro que primero me viene a la cabeza es el de Fernando “el Falsario”, sobrenombre que algunos han inventado para Fernando el Católico por solicitar unas bulas que justificasen la conquista de Navarra de 1512, como si el Trastámara fuese el único “falsario” de la Historia, como si nadie más hubiera hecho algo similar, ni reyes, ni papas, ni emperadores, ni presidentes.

Cada día hay más gente enfadada con éste o aquel personaje de la Historia, con éste o aquel pasaje histórico. Tanto que proponen eliminar su memoria, su rastro, su huella. Algunos (insisto, algunos) de los que braman por la recuperación de la memoria histórica -que supone la recuperación de injustos olvidos históricos- proponen al mismo tiempo desterrar la memoria de quien les ofendió, que es como establecer para la Historia una política del  ojo por ojo, pero un poco extraña: ya que tu tatarabuelo le negó la memoria a mi tatarabuelo, ahora yo te niego la memoria de tu tatarabuelo, o algo así .

En fin, no creo que debamos juzgar tan alegremente el pasado con parámetros actuales, pues está claro –como dice Jorge Marirrodriga- que cualquier personaje o hecho histórico anterior a 1900 –por poner una fecha- difícilmente resiste un examen con nuestros afinados criterios de lo políticamente correcto. El ejemplo que él pone es el de Platón, que a pesar de ser un filósofo cuya influencia ha sido determinante en toda la Historia, perseguía a sus discípulos con una finalidad que no era precisamente docente. Por poner otro ejemplo, éste más serio, el sufragio censitario nos puede parecer una barbaridad en la actualidad, por vetar el voto de la mayor parte de la población -de todas las mujeres, para empezar-, pero hace 200 años suponía un avance revolucionario con respecto al Antiguo Régimen. Todo este tema me parece importante, porque no me gustaría regresar a planteamientos revanchistas similares a los que jalonaron la Historia de Europa y de sus orgullosas naciones durante los siglos XIX y XX. Hay que ser más preciso, más serio, más científico a la hora de valorar estos asuntos: los españoles de hoy no pueden ser responsables de lo que hicieron los españoles que viajaron a América en el siglo XVI, y los planteamientos historiográficos no pueden consistir en denunciar en la Historia todos los comportamientos no democráticos, porque no terminaríamos nunca de decir obviedades insustanciales.

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Nuestro héroe arqueólogo: Indiana

Estas Navidades he retomado un videojuego mítico con el que pasé algunas horas divertidas hace unos años: Indiana Jones y la tumba del emperador (Lucas Arts, 2003). El videojuego retoma la eterna lucha contra los nazis de nuestro héroe arqueólogo americano, pero en escenarios muy diferentes de los que se pueden ver en las películas de Harrison Ford. Lo más interesante de todo es la mezcla de narrativas que se da en el videojuego: historia-ficción ambientada en la primera mitad del siglo XX y todo tipo de elementos raros y mágicos, como ninjas, vampiros, demonios, cocodrilos gigantescos…

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Jugando, jugando, me he ido acordando de lo que Jerome de Groot dice en su interesante libro Consuming History, sobre la forma en que nuestra sociedad entiende la tarea del historiador: a veces se presenta a los historiadores como buscadores de la verdad histórica en un mundo de conspiraciones políticas que pretenden ocultarla. Es el caso del Código Da Vinci, o de arqueólogos tan apasionantes como Indiana Jones o la Lara Croft de Tomb Raider. Hablan varios idiomas, reconocen cualquier pieza antigua con solo mirarla, han viajado por todo el mundo, y además, son expertos en artes marciales, pilotan todo tipo de vehículos, disparan todas las posibles armas del mundo con una precisión casi mágica, luchan por la verdad contra cualquier conspiración maligna, y encima poseen un físico admirable.

Conozco muchos arqueólogos, y de muchos de ellos se podrían decir algunas de las primeras cosas: hablan idiomas, reconocen piezas antiguas con solo mirarlas, han viajado por todo el mundo… pero lo siento, no se parecen a Harrison Ford o a Angelina Jolie, ni van armados hasta los dientes.

Aún así, su trabajo es apasionante, y en la actualidad nos aporta informaciones de una alta calidad científica, aunque quizás de baja calidad narrativa y con escasa componente aventurera. Las nuevas metodologías arqueológicas incluyen técnicas de elaboración de registro y de datación como la estratigrafía, el análisis de tipologías o los análisis químicos de laboratorio. Ahora bien, también os digo que le cuentas todo eso a Indiana… y te sacude con el látigo (y mientras sigue luchando contra los nazis, claro).

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Roncesvalles ¿El nacimiento de un reino?

Una de las cosas que pretendía hacer con este blog es comentar novelas o libros que tratasen de temas históricos. Hasta ahora no lo he hecho, pero es lo que me propongo hacer hoy con una novela sobre  la batalla de Roncesvalles titulada 778. Orreaga. El nacimiento de un reino, de Arantzatzu Ametzaga Iribarren, editada por Txertoa.

Sin entrar en profundidades –porque sé que si entro en mayores disquisiciones, la mayor parte de la gente no me lee, je je-  diré que esta novela no me ha gustado nada. Resulta una interpretación contraria a la que tantas veces hemos oído sobre la batalla de Roncesvalles: o sea, la visión tradicional de un ejército franco-carolingio heroico, derrotado en su regreso por los vascones, o quizás por los musulmanes. La autora, en cambio, narra una visión negativa de los francos que nos presenta a un Carlomagno ambicioso en exceso, que pretendió someter las tierras libres de los vascones, y que fracasó de manera vergonzosa.

En la novela 778. Orreaga podemos encontrar un ejército franco cristiano revestido de todos los vicios posibles, con unos personajes detestables a rabiar, empezando por el protagonista Roldán, un jefe despiadado, tramposo, puerco a más no poder… Frente a ellos, los vascones y la ciudad de Pamplona como virtuosos antagonistas que sí conocen el honor, la pureza, la limpieza, la belleza… Los vascones vivirían ligados a su tierra, unidos en una especie de sociedad igualitaria, en un estadio de casi pre-cristianización idílica, adorando en muchos casos a deidades de la naturaleza que serían respetadas incluso por los jefes vascones cristianizados. Coincidiendo con la famosísima batalla, además, nacería un niño destinado a reinar sobre todos los vascones: Íñigo Arista.

Siendo una novela publicada en 2015, no acabo de entender dónde encajan los nuevos descubrimientos arqueológicos de la plaza del Castillo de Pamplona. La historia nos presenta una Pamplona bucólica, libre, vascona, un auténtico y puro fortín de los vascones. Olvida la autora el importante cementerio musulmán de la plaza del Castillo, así como la contemporánea necrópolis del palacio del Condestable, que nos habla de una Pamplona del siglo VIII en la que convivían las religiones musulmana y cristiana, aunque con predominio político musulmán. Siendo aquellas las condiciones políticas y religiosas, la práctica total ausencia en la novela de musulmanes radicados en Pamplona y con poder político, me ha defraudado mucho, sinceramente. Lo que he leído se me ha antojado más una novela decimonónica, del estilo y del gusto de Navarro Villoslada o de Arturo Campión, que una novela de 2015 con la posibilidad de incorporar las informaciones más novedosas sobre la Alta Edad Media navarra. Los nuevos hallazgos arqueológicos obligan a los historiadores a rehacer sus trabajos, pero también deberían obligar a los novelistas históricos a replantear sus argumentaciones y sus narraciones.

A ver si lo digo más claro: si Carlomagno atacó Pamplona en su expedición a Zaragoza, sin duda lo hizo porque los musulmanes dominaban Pamplona, y por tanto, algo habrían tenido que decir  también los musulmanes en un posterior ataque a un Carlomagno en retirada. El ensueño pastoril de un Pirineo vascón incontaminado puede ser una interesante figura literaria, pero no una realidad histórica.

Para acabar, en un contexto de dominación musulmana como el que testimonian las fuentes arqueológicas más novedosas… ¿De verdad podemos pensar en el nacimiento de un reino hacia el año 778? Ángel Martín Duque no se ha cansado de mencionarlo: tendría que pasar más de un siglo para que las élites pamplonesas fueran capaces de renunciar a la dominación y/o alianza con los musulmanes, y que pudieran forjar un proyecto político propio y autónomo. Y siento decir que –en ese momento- el referente ideológico de esas élites fue la monarquía astur-leonesa, hacía tiempo enfrentada con el mundo islámico.

Por otro lado, la autora utiliza anacrónicamente conceptos como el de “Marca Hispánica”, que es una creación historiográfica de época moderna, como ha demostrado Fermín Miranda, y que por tanto, no era un concepto que se pudiera haber usado en el siglo VIII.

Por todo ello, creo que desde un punto de vista histórico, esta novela lleva a la confusión y a un planteamiento historiográfico erróneo. Sé que una novela histórica debe tener libertad creativa, pero debe practicar esa libertad sin sacrificar la veracidad histórica. No es fácil, pero nadie dijo que lo fuera.

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Me tomo una caña y veo a Cleopatra en las pirámides… ¿de Luxor?

Con este título alguno pensará que la cerveza sería de alta graduación, o que no era caña, o que quizás las birras fueron más de una realmente. Pues no, pero es que esto de escribir un blog me ha llevado a tener el móvil preparado para hacer una foto histórica en cualquier momento. Y esta vez pensé ingenuamente: sólo me tomo una caña, y la consecuencia fue, en efecto, que acabé viendo a Cleopatra en las pirámides de Gizeh, lo cual en sí no es raro ni imposible, pero sí me da pie a disfrutar de los desmanes históricos que me rodean. Yo a lo mío.

luxor

De nuevo provocado por una máquina tragaperras, aunque la provocación no me costase dinero. Sólo el tiempo que llevo escribiendo este post. Creo que las imágenes y los textos de esta máquina tragaperras se ven claras en la foto: una mujer egipcia, que con ese pelo recuerda a Elizabeth Taylor en Cleopatra y con el bikini a una modelo de pasarela, las pirámides de Gizeh, el Nilo con un barquito y una palabra: Luxor.

A ver por dónde empiezo. Las pirámides no están en Luxor (antigua Tebas), sino en Gizeh. Luxor es famoso por el Valle de los Reyes, donde se encuentran las tumbas de algunos de los faraones más famosos (como Tutankamón), y además por sus espectaculares templos de Luxor y Karnak. No obstante, los templos de Luxor y Karnak datan del Imperio Nuevo (si mis fuentes no son erróneas de los reinados de Amenofis III y Ramsés II, hacia los siglos XIV y XIII a.d.C.). Aunque mis fuentes fueran erróneas, lo que puedo decir con seguridad es que las pirámides de Gizeh –situadas junto a El Cairo, es decir, a unos 700 km de Luxor- comenzaron a construirse en el reinado del rey Keops, es decir, en el siglo XXVI a. d. C. o sea, unos 1.000 años antes que los templos de Luxor y Karnak.

No sé si se me ha seguido. La maquinita de marras mezcla churras y merinas: Gizeh (junto a El Cairo), y Luxor, a 700 km. al sur; el Antiguo Imperio egipcio, con el Imperio Nuevo, con una diferencia de 1.000 años entre ambos. Por si fuera poco, nos ponen una señora casi en cueros –oye, que parece obligado ponerlas en porretas en las máquinas tragaperras- que se parece por el pelo a la Cleopatra encarnada por Elizabeth Taylor, aunque no a la Cleopatra real, que era de origen griego y vivió en el siglo I a.d. C.

Entre moneda y moneda, avance y avance, tiramos 2.500 años de Historia Antigua a la basura, metiendo elementos anacrónicos en la coctelera y pulsando luego la tecla luminosa: start. Seguro que la cerveza debía de tener alta graduación, porque si no, no entiendo la macedonia que se han montado con cuatro tópicos facilones. Al menos esa imagen del Nilo con los barcos, las palmeras en primer plano y el desierto detrás, me recuerda el maravilloso crucero que hice por sus aguas hace algunos años, y que hoy parece complicado poder volver a repetir.

Que me pongan otra cerveza, a ver si en un segundo análisis lo entiendo mejor.

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Lunnis de leyenda

Esta semana quiero hacer un post positivo para alabar una iniciativa del canal infantil ClanTV, que de unas semanas a esta parte ha comenzado a emitir, tanto en su programación televisiva como en su aplicación para dispositivos móviles, una serie llamada “Lunnis de Leyenda”. ClantTV recupera con esta serie a los lunnis, con capítulos que siguen una dinámica narrativa doble: una historieta que presenta un problema actual que sufren los lunnis, y una historia de la antigüedad o una leyenda, contada –y luego cantada- por la cantante y colaboradora del programa, Lucrecia. Una historia del pasado o leyenda que adquiere carácter de moraleja.

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Hasta el momento los episodios emitidos hacen referencia a Hércules, Aníbal y la leyenda canaria de Gara y Jonay. En cada capítulo Lucrecia cuenta a los lunnis una historia con una finalidad moralizante que debe servirles para resolver algún problema. Hacia el final del capítulo dos nuevos personajes (dos conejos) discuten sobre la veracidad de cada historia, tratando de elucubrar si lo que ha contado Lucrecia ocurrió realmente o no.

En primer lugar felicito a ClanTV por la iniciativa; retomar contenidos mitológicos e históricos para contar historias a los niños me parece una gran idea. Presentar el debate sobre si los sucesos contados ocurrieron o no, es una forma interesante de pensar sobre la Historia y su sentido, y esto hace que cada capítulo pueda convertirse en un buen material para la escuela, un recurso para hacer un poquito de didáctica desde la Historia. Es cierto que alguno de los relatos que nos han contado –en especial el de Aníbal-, presenta algún problema de adaptación al modelo planteado por Clan: la Historia (con mayúscula) no siempre nos deja una moraleja clara, y cuando forzamos los hechos para adaptarlos a una realidad presente, a veces nos puede salir un churro. Con los fallos que se quiera, a mí me vale el modelo si es para enganchar a los niños. Y lo justifico apelando a un episodio fantástico de aquel mito de la televisión infantil que es la Bola de Cristal, cuando Alaska, Pedro Reyes y Pablo Carbonel contaban e interpretaban el pasaje homérico de Ulises y Polifemo. No sé por qué, pero siempre he recordado aquel extraño Ulises, y en especial a aquel aún más extraño Polifemo, representado por Pedro Reyes. Los niños no necesitan que la historia que les contamos sea exacta ni precisa, sino que les contemos algo atractivo e interesante: y la mitología y la Historia son ambas cosas.

Si los niños que ven el ClanTV acaban canturreando las cancioncillas de Lucrecia y soltando palabros y nombres que quizás no entiendan, pero que sí aprecian, como el caso de Hércules y Gerión, o de Aníbal y Escipión, creo que merecerá la pena el esfuerzo. Como además la música es protagonizada por Lucrecia, el éxito está asegurado. Les deseo que continúe la serie con éxito en los ocho capítulos que, creo, faltan por aparecer.

 

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Música celta. Pero… ¿Celta, celta?

Una interesante controversia sobre la Antigüedad es la que afecta a la cuestión celta. El nombre o adjetivo celta es muy usado hoy en día, y sirve lo mismo para denominar a un equipo de fútbol (el Celta de Vigo, el Celic de Glasgow) o de baloncesto (los Celtics de Boston), que para referirnos a un tipo de cultura, de música (celta), o incluso de productos (como el tabaco, marca Celtas Cortos). Los celtas, recordados como prestigiosos guerreros, fueron también el paradigma antiguo de la raza aria de los nazis (los indoeuropeos o hiperbóreos), teóricamente extendida por toda Europa y especialmente en Centroeuropa. Hoy los historiadores tiran por tierra todos estos tópicos o estereotipos, y parecen haber llegado al acuerdo de no poder otorgar una unidad étnica a todos aquellos grupos históricos que han sido denominados “celtas” en algún momento.

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Cuando se habla de los celtas o se adjetiva algo como celta, la realidad afectada puede estar situada en buena parte de Europa: celtas serían los gallegos, celtas también los franceses, aunque especialmente los bretones, y celtas serían, especialmente, las islas británicas, aunque no tanto Inglaterra, pero sí Irlanda, Gales o Escocia. Estoy caricaturizando el asunto, lo siento, ya voy a lo académico. El yacimiento clásico del que se ha hecho derivar toda la cultura celta –fechable entre el 700 y el 450 a.d.C.- es el de Hallsttat, cerca de Salzburgo, y las teorías clásicas que yo estudié en la cartera de Historia decían que aquella cultura hallsttáltica -heredera de la de los Campos de Urnas- se había extendido por toda Europa de manera fulgurante gracias a su superioridad técnica, basada en el dominio de la metalurgia del hierro.

A partir de ahí, tratar de hallar unas características comunes a todos los grupos humanos que han sido denominados celtas… hoy resulta muy complicado. El hecho de que en yacimientos alejados se encuentren elementos similares, no tiene por qué significar que se haya producido una conquista celta, sino que algunos elementos culturales se van imponiendo como consecuencia del contacto cultural, comercial, o incluso a través de la emigración. Lo seguro es que los celtas no pudieron contar con una organización estatal que les permitiera realizar una conquista a gran escala y constituir un estado de amplias fronteras.

Como señala Juan Manuel Orgaz, gracias a los comentarios de Julio César en la “Guerra de las Galias” hemos podido conocer a los druidas, y de ahí se ha desatado también toda una literatura fantástica ligada a la dimensión mágica de los celtas, que en época medieval se replicó gracias a los textos del denominado Ciclo Artúrico, llevando el Grial hasta el mundo celta. Otra interpretación de lo celta está, por tanto, ligada a la ficción fantástica, a la adivinación, a la existencia de druidas, como nuestro querido Panoramix, y de otros elementos mitológicos, en lo que constituye un nuevo error conceptual, una nueva construcción errónea del pasado que, en cualquier caso, ha hecho fortuna y se extiende como la pólvora. La magia y las religiones antiguas se mezclan en nuestra evocación del círulo de rocas de Stonehenge, en el sur de Inglaterra.

La mención de las lenguas célticas no deja de ser otro tópico historiográfico, otro de los errores históricos ligados al tema, igual que el hecho de considerar celtas a los sonidos de las gaitas, la flauta travesera o el violín, es decir, a la música folk que no usa instrumentos musicales modernos o electrónicos… como si los “celtas” de antaño hubiesen tocado alguna vez la flauta travesera o el violín. Que conste que a mí me gusta ese tipo de música, de la que fueron paradigma Enya, Sidney O’Connnors, The Corrs, o ya Mago de Oz en España, pero celta, celta… lo que se dice celta, no es. Seguramente todos aquellos pueblos harían su música como podían, pero no disponemos de las fuentes adecuadas para comparar el Runaway de The Coors, o la banda sonora de El Señor de los Anillos, compuesta por Enya, con los cánticos tribales de aquellos pueblos protohistóricos que nunca pudieron escuchar sus propias creaciones musicales en los Cuarenta Principales.

Para saber más: J.M. Orgaz, (2010). El final de los celtas. La esencia céltica: un mito literario más. LVCENTVM. 29. 187-189.

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Una obsesión anacrónica: dinosaurios comiendo humanos

Somos la pera. Nos encanta lo imposible. Desde que el mundo descubrió los fósiles de los grandes saurios que vivieron antes de la llegada del hombre a la tierra, nos hemos imaginado enfrentándonos a ellos, luchando con ellos, matándolos, siendo perseguidos y sucumbiendo ante ellos… algo que nunca pudo ser, pues dinosaurios y humanos nunca habitaron un mismo espacio, en lo que supone una visión anacrónica del pasado y uno de los más grandes y más habituales errores históricos.

jurassic

Nos hemos inventado todas las formas posibles para hacer realidad lo imposible, como cuenta José Luis Sanz, paleontólogo de la Universidad Autónoma de Madrid. Julio Verne hizo viajar a sus protagonistas hasta el mismo centro de la Tierra, para hallar allí dinosaurios con los que luchar. El cine envió a Jasón a lugares míticos donde también los había. Y finalmente, nuestra sociedad más moderna se inventó una manera científica de hacer posible lo imposible: hallar ADN de dinosaurio en un trozo de ámbar, y ser capaces de reconstruir genéticamente a toda una especie, eliminada de la faz de la tierra hace millones de años. Incluso en el futuro y en otros planetas el cine de ficción ha plantado dinosaurios o animales similares, haciendo lógico para nuestra mente algo que no debería serlo tanto. Insistieron en la idea con varias secuelas del primer Parque Jurásico, aunque con la primera ya habíamos captado la idea.

De los Picapiedra a la más novedosa El viaje de Arno, la tentación del anacronismo en la Prehistoria ha sido constante. Quizás no deberíamos pero… ¡Resulta tan sugerente la posibilidad…! A los japoneses siempre les sedujo la combinación, y sacaron de las profundidades del océano a la criatura Gotzila, que es una extraña especie de gigantesco dinosaurio producto de alguna mutación genética. En este caso también se plantea un posible futuro en el que aparece un dinosaurio, pero colosal, que pudiera competir con toda nuestra capacidad militar. Hay más ejemplos de películas tremendamente malas que plantean cosas similares, como Pacific Rim, donde la Tierra es atacada por muchos de estos seres, similares a Gotzila. Lo curioso del asunto es que una vez tras otra, nosotros compramos esa idea y acudimos al cine a ver cómo durante un ratito, se hace realidad algo que nunca fue.

Pero no nos engañemos, es la pasión que siempre nos generó la máquina del tiempo, el viaje por el tiempo, la incoherencia del anacronismo y sobre todo, la posibilidad de burlar las más severas leyes temporales. En los últimos meses ha triunfado en España el Ministerio del Tiempo, una serie que permite una manipulación masiva del tiempo por medio de los viajes en todas direcciones. Recuerdo la introducción en la película Moulin Rouge de toda una banda sonora anacrónica, lo que convierte al film en una historia un poco gamberra, y le aporta sin duda un cierto atractivo. Y cómo no, el sueño repetido de Bill Murray en Atrapado en el Tiempo, grandísima película que investiga la posibilidad de revivir un mismo momento hasta conseguir un objetivo: el amor.

Desde sus orígenes en el siglo XIX la máquina del tiempo ha sido una obsesión para la ciencia ficción, Mark Twain envió a un yankie a la corte del rey Arturo, y el asunto ha culminado en nuestros días con numerosísimas formas narrativas, como la bíblica Caballo de Troya en sus distintas versiones, o la exitosa serie Dr. Who. Como dijo David Lowenthal en su obra El pasado es un país extraño, la ciencia ficción es una fuente de información inestimable para estudiar nuestras preocupaciones con respecto al pasado, ya que “no está controlada por el sentido común, revela pasiones y presuposiciones que proyectan los intereses diarios en el pasado en busca de un alivio rápido”. Otra de las más elaboradas ficciones es la de Assassin’s Creed: controlando la mente de una persona en el mundo actual se puede recrear el pasado de sus antepasados, pues los recuerdos se heredarían y quedarían almacenados en el subconsciente, aunque sin tener acceso a ellos de forma voluntaria.

Son nuestros miedos y nuestros deseos los que se reflejan en esas formas ficticias de representación de un pasado en el que nos enfrentamos a nuestros peores monstruos. Pero recordemos que se trata de un imposible y no se asusten, los dinosaurios no existen.

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