Mundos medievales: Clash of Clans

En los colegios de medio mundo se ha colado un mundo medieval que está presente en el patio de recreo, en las horas de ocio de los jóvenes… es Clash of Clans. Ya sé que algún jovenzuelo me dirá que es un videojuego pasado de moda, y que ahora “lo peta” el Clash Royal, pero para el caso, lo mismo. A lo que voy: entre las aulas de primaria y secundaria se ha deslizado uno de los abundantes mundos medievales, un trocito de Edad Media “manipulado genéticamente” con el arte de la fantasía épica de inspiración medieval. Y lo peor de todo es que algunos profesores aún no se han enterado.

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¿Qué hacemos? Nuestros hijos están expuestos a estos mundos virtuales. ¿Prohibimos jugar a Clash of Clans en el colegio? Clash of Clans es un éxito internacional de la empresa finlandesa Supercell. Gratuito de instalar en el móvil o la Tablet, es un típico juego de estrategia y de gestión de recursos de una ciudad o aldea, que debemos hacer crecer para lograr el éxito. El juego no tiene un final, como es habitual en este tipo de aplicaciones MMORTS (Masive Multiplayer Online Real Time Strategy). La obtención de recursos está relacionada con el paso del tiempo, y sólo puedes acortar los plazos de tu desarrollo pagando dinero. Ahí está el negocio. Los adolescentes normalmente no pagan, solo juegan a la velocidad normal que les permite el juego gratuito. Conforme van avanzando mejoran sus ciudades y sus tropas, con las cuales pueden atacar a otros videojugadores de todo el mundo. Organizados en clanes, los equipos de jugadores pueden desarrollar estrategias colectivas coordinadas por medio del chat que facilita la propia aplicación, o estrategias individuales.

Tengo que decir que a nivel cognitivo el juego me parece muy interesante, porque los niños aprenden a desarrollar de manera autónoma estrategias de juego a medio o largo plazo, gestionando diferentes variables, donde la inmediatez o precipitación están penalizadas: es lo que hoy en día se llama gamificación. El juego además requiere de una constancia que –eso sí- puede volverse en contra del propio jugador, si “se engancha”.

Sin embargo, el videojuego está ambientado en una Edad Media imaginada que se extiende a velocidad gigantesca por las redes y salta de un videojuego a otro. Los bárbaros, los caballeros y los arqueros se mezclan con todo tipo de criaturas extrañas (gigantes, magos, brujas, esqueletos, duendes o dragones), y además la gestión de recursos incluye la obtención de un mágico elixir de color morado.

La literatura de fantasía épica no es nueva, pero la aparición de mundos fantásticos medievales en las aulas sí que lo es, y hay que tenerla en cuenta. Los niños siguen estas aplicaciones, se informan sobre ellas, viven en un mundo medieval fantástico, y esto tiene sus repercusiones, como nunca pudo tenerlas la novela (de público mucho más reducido y de más edad). Este tipo de narrativas cada vez son más simples, pero su producción y distribución resultan más cuidadas, pues las empresas desarrolladoras de videojuegos son conscientes de la transcendencia de crear un mundo de ficción (y de consumo) en el que el consumidor se sumerge hasta el punto de llegar a crear nuevos contenidos (fan fiction).

Sería bonito que alguno de esos mundos fuese realmente medieval, imaginado sí, pero de manera rigurosa por un equipo de historiadores. Y sería bonito que ese juego entrase en los patios, en los móviles y en las tablets de la misma manera que lo ha hecho Clash of Clans.

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300

La semana pasada mencioné la película 300 (2007), aunque de refilón. Pues esta semana le dedicaré unas líneas a un film que me parece muy sintomático de la forma que tenemos de acercarnos al conocimiento histórico hoy en día. Siempre han existido tópicos sobre la Historia, y la prueba es que a través de Plutarco los mismos romanos percibieron a Esparta como una realidad estereotipada. En cambio nuestra sociedad sólo es capaz de digerir los antiguos tópicos a través de una segunda simplificación que reduce aún más su veracidad histórica. Es el caso de Esparta y de la película 300.

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El entonces jugador de la selección española Álvaro Arbeloa celebró la victoria en el mundial de Sudáfrica de 2010 al grito de ¡espartanos! Se lo decía a una masa enfurecida que observaba a los jugadores de la selección, subidos en un gran escenario. Al jugador del Real Madrid le llamaban espartano, seguramente por su forma de juego, más aguerrida que virtuosa. El maestro de ceremonias en aquella ocasión fue el jugador Pepe Reina, que empezó su show particular gritando lo mismo: “Espartanos, ¿Cuál es vuestro oficio?”, y la gente respondió con una onomatopeya de significado difícilmente explicable: ¡aú, aú, aú! Lo más interesante del caso es la comunicación que se establecía entre aquellos jugadores de fútbol y unos 250.000 asistentes en la celebración de la explanada de Puente del Rey, por medio de un tema histórico: Esparta.

César Fornis ha hablado de Esparta como de un “sendero de tópicos y falacias”, y Paul Cartledge decía que Esparta “es una marca registrada, no sólo un nombre”. Desde luego posee un significado en el presente, y cada vez resulta menos importante que ese significado tenga una relación más o menos precisa con la realidad histórica. Y todo ello a pesar de que en los últimos tiempos los historiadores sobre Esparta han ido poco a poco interpretando de manera más precisa las fuentes antiguas, cotejando las informaciones que aportaban con los testimonios arqueológicos, y mostrando que Esparta no era socialmente tan diferente de las otras polis griegas. Desde luego tenía un sistema político diferente del ateniense, una oligarquía, y además su existencia como potencia griega estaba basada en el dominio de Laconia y Mesenia, las dos regiones del sur del Peloponeso, cuyos habitantes (ilotas) eran sometidos a la esclavitud de los ciudadanos (espartiatas). La organización social espartana –basada en las leyes dictadas por el legendario Licurgo-, incluyó un sistema de educación y adiestramiento para el combate (agoge), ya que sólo si los espartiatas se organizaban de esta manera podrían controlar de manera efectiva un territorio tan grande sometido a la escalvitud.

Recuerdo que en el colegio estudié las polis griegas (¡qué barbarie!) entendiendo que había un enfrentamiento entre buenos y malos. Buenos, los demócratas atenienses; malos, los oligarcas y esclavistas espartanos. Ambos fueron capaces de unirse y superar sus diferencias en un intento de defensa casi nacionalista de Grecia, contra los persas, en las guerras médicas. Sin embargo, luego estallaron sus diferencias en las guerras del Peloponeso, en las que vencieron los espartanos a los atenienses, marcando así el final de la Grecia clásica a finales del siglo V a.d. C. Esto es lo que yo entendí entonces. Es una idea simple y tópica, pero al menos es interesante, y me salva el hecho de que yo era un niño. Después de unos años -ya como historiador-, he podido ser consciente que hay que matizar muchas de estas afirmaciones.

Pero el problema es que hoy en día un cineasta americano se fije en un cómic creado en 1998 y decida hacer una película de presupuesto millonario sobre la antigua Esparta sin consultar ninguna otra fuente histórica, y que el resultado sea algo que ni siquiera un niño habría entendido así de mal: un delirio de tópicos y violencia que no informa en absoluto sobre la realidad histórica, pero que seduce estéticamente y engaña a los millones de espectadores que la han visto. Y todo ello –además- con una intención moralista detrás, que plantea un conflicto entre un occidente ¿civilizado? (aú, aú, aú) y un oriente decadente. Un conflicto del presente, no del pasado, y detrás del cual se pueden entrever líneas políticas y morales propias de la derecha americana más belicista.

Este es el nivel de interpretación histórica en el que se mueve la mayoría de la población, y lo puedo constatar día tras día con las encuestas que voy haciendo en mis clases. Y no sólo en referencia a Esparta, que no deja de ser un caso paradigmático, sino a propósito de cualquier tema histórico.

300_7Más info sobre este tema de Historia Antigua en los enlaces, y en el libro descargable en PDF de Paul Cartledge, Los espartanos, una historia épica.

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200

Seguramente muchos conocéis la famosa película 300, un despropósito histórico urdido con intenciones presentistas por la industria americana del cine sobre la antigua Esparta. La versión navarra del asunto bien podría llamarse 200, pues es ese número el que se asigna a los defensores navarros del castillo de Maya (Amaiur) en 1522, capitaneados por Jaime Vélaz de Medrano, convertido por la actual literatura neo-romántica en todo un Leónidas foral. Lo heroico de la acción militar de Amaiur es indudable –pues los agromonteses acantonados resistieron frente a un enemigo muy superior- pero la interpretación historiográfica dominante en la actualidad –visible por ejemplo en la nueva exposición organizada por el ayuntamiento de Pamplona– sí me parece criticable: para ellos los resistentes de Amaiur son patriotas navarros que defendían la independencia del reino frente a un agresor exterior.

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Nuestra Historia forma parte de nuestra identidad. Por eso los mandatarios abertzales de Navarra invierten unas cantidades tan importantes de dinero en la Historia en un momento de crisis. Es inevitable, nos definimos por lo que fuimos. Si imponemos nuestra propia lectura del pasado, imponemos nuestra propia lectura identitaria. La exposición de Asirón –su presencia se advierte por todas partes- incluye obras de amigos y colaboradores del alcalde y, sólo en el piso inferior, los materiales descubiertos por los arqueólogos de Amaiur (lo más interesante de la exposición).

Los literatos navarros de la asociación Euskara, como Arturo Campión o Iturralde y Suit –bien recordados en la exposición- plantearon la conquista de Navarra como una agresión externa injustificada y descontextualizada, algo extraño e inesperado que ocurrió de manera sorprendente en 1512. Sólo se explicaría por la maldad y la ambición de un hombre, al que llaman Fernando el Falsario (Fernando el Católico). La actual historiografía de corte abertzale insiste en perpetuar esta idea, planteando una larga guerra fechable entre 1512 y 1529. El problema de este planteamiento historiográfico es que reduce toda la problemática del conflicto a la legitimidad dinástica, olvidando otros factores de tipo económico o social. Entender que la guerra comienza en 1512 es ocultar parte de la verdad, y esto se hace de una manera consciente.

La guerra civil navarra comenzó tras la huida del Príncipe de Viana a Guipúzcoa en 1450, y más en concreto con su regreso en 1451, año en el que se produjo la primera batalla entre las fuerzas agramontesas y beaumontesas, la batalla de Aibar. En este enfrentamiento venció el bando agramontés, liderado por Juan II, curiosamente el padre tanto del príncipe de Viana como de Fernando el Católico. El príncipe de Viana se había rebelado contra su padre, Juan II, rey consorte de Navarra que se había mantenido en el poder tras la muerte de la reina legítima del reino, Blanca de Navarra, madre del príncipe de Viana. La lógica dinástica dice que el Príncipe Carlos debería haber reinado tras la muerte de su madre, pero no fue así, y sus partidarios (los beaumonteses), se rebelaron, dando lugar a una guerra que sólo terminaría en 1522 (o 1529). El bando beaumontés se mantuvo en rebeldía hasta 1512. El problema para ellos fue la prematura muerte de Carlos (1461), que les dejaba sin un candidato al trono, toda vez que su hermana Leonor, iba a gobernar el reino en nombre de su padre. Además, los reyes que siguieron al frente de Navarra, fueron descendientes de Leonor (1479), casada con el conde Gastón de Foix: su nieto Francisco Febo (1479-1483), y finalmente su nieta y hermana del anterior, Catalina de Foix (1483-1512), casada con Juan de Albret.

Lo que pocos saben es que –a pesar de que Catalina fue reina natural de Navarra desde 1483- su reinado efectivo sólo pudo comenzar en 1494, pues hasta esa fecha los reyes no pudieron entrar en Pamplona para coronarse, ya que la capital del reino era feudo del bando beaumontés. En realidad todo el norte de Navarra estaba controlado por esta parcialidad, y su líder, el conde de Lerín, se expresaba de esta manera en un documento de 1474, durante el reinado de Francisco Febo: “e todos los otros que al dicho principe don Carlos seruieron e su justicia e drecho segujeron por su deffenssa e manparo, les es forcado perseberar, continuar e biuir en la dicha guerra e auer e buscar rey e senyor qui los deffienda”. En este mismo documento –el número 302 de la colección de la ciudad de Pamplona- el conde de Lerín no reconocía como reina a la reina Leonor I, a la que acusa de hacer “actos muchos, grandes, erróneos e feos, contra toda justicia e razón, por los dichos rey [Juan II] e infanta [Leonor]”.

Por tanto, el 1512 el conde de Lerín y los beaumonteses –ya derrotados- acudieron a una potencia exterior –la monarquía hispánica de Fernando el Católico- en busca de ayuda para su causa. Es lo mismo que hicieron los reyes de Navarra, Juan de Albret y Catalina de Foix, cuando fueron despojados de su reino: acudir al rey de Francia. En el intento de reconquista de Pamplona de noviembre de 1512 se juntaron tropas navarras y extranjeras tanto entre los asediados, comandados por el duque de Alba, como entre los que asediaban, comandados por Juan de Albret y el general La Palice. Castellanos (incluidos alaveses y guipuzcoanos) y beaumonteses, resistieron el asedio de la artillería francesa y las tropas agramontesas, bearnesas y francesas. Pueden contarnos todo tipo de películas extrañas, pero Navarra estaba siendo escenario de una guerra internacional entre las dos potencias de la época, convocadas por los bandos navarros enfrentados: Francia y la monarquía hispánica, llamados por Agramonteses y beaumonteses respectivamente. Y añado: los principales responsables de la desaparición del reino de Navarra no fueron los extranjeros, sino los nobles navarros de la época, que desgarraron el reino en una guerra civil de setenta años.

Presentar a los agramonteses como patriotas y a los beaumonteses como traidores es un reduccionismo muy propio de nuestra época. Desde luego, es mucho más fácil de entender y de contar hoy en día. Si además pintamos a nuestro alcalde como un heroico resistente de Amaiur –que es lo que podemos ver en la actual exposición del palacio del Condestable- el mensaje es claro: ya los patriotas abertzales nos defendían Navarra de la agresión española en 1522. Pero este planteamiento es anacrónico, presentista e interesado, y la realidad fue mucho más compleja: como siempre es difícil hablar de buenos y malos en una guerra. El proyecto político de un Estado pirenaico compuesto por Navarra y el Bearne, fue un intento desesperado e improvisado de los últimos reyes de Navarra, y estaba destinado a fracasar, puesto que topaba con la soberanía francesa, y con la división banderiza del reino de Navarra. Entender que la Navarra de 1522 era un alter ego de la actual Euskal Herría de los abertzales es, para mí, una locura. Y pintar en un cuadro a Asirón a lado de Jaime Vélaz de Medrano es para echarse a reír y no parar. Sólo faltaría un Fernando el Católico similar al Jerjes que podemos ver en la película 300. La monda.

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Pongo aquí el comienzo del doumento que cito, tomado del número 2 de la colección documental del Archivo Municipal de Pamplona, publicada por Ricardo Cierbide y Emiliana Ramos:

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Para saber más sobre este tema de Historia de Navarra, recomiendo la obra coordinada por Alfredo Floristán, titulada 1512. Conquista e incorporación de Navarra. Historiografía, derecho y otros procesos de integración en la Europa Renacentista, publicado por la editorial Ariel, y para los detalles del proceso de conquista, la de Peio Monteano, La guerra de Navarra (1512-1529).

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La momia de Halloween

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Ya que esta semana la iniciamos con la fiesta de Halloween, me gustaría hacer este post semanal sobre uno de los personajillos de la cosmología terrorífica de la noche de difuntos, según la narrativa popular nos va dejando configurado el relato o, vaya, el batiburrillo. En el siniestro reparto de la noche del nuevo y consumista Todos los Santos, se mezclan “a lo loco” elementos de la cultura cristiana (demonios y brujas), personajes de origen histórico (Drácula), monstruos tradicionales (brujas, fantasmas, hombres-lobo y vampiros), invenciones de la prensa y de las narrativas en diferentes formatos (como las momias vivientes), personajes salidos de las novelas góticas (Frankenstein o, de nuevo, Drácula), y asesinos despiadados tomados directamente de la cinematografía de terror de finales del siglo pasado, como Freddy Krueger o Jason. De todos estos personajes –encabezados por la vieja leyenda británica de Jack-o’-Lanterm, convertida hoy en calabaza infernal- he elegido la momia, pues me parece un interesante ejemplo de cómo surge un mito.

A comienzos de noviembre de 1922 –y casi por casualidad- a Howard Carter se le ocurrió excavar debajo de las cabañas que durante los últimos años habían sido habilitadas para los trabajadores de su excavación arqueológica en el Valle de los Reyes, en Luxor. Fue así como el inglés se topó con el que quizás pueda ser considerado como el descubrimiento arqueológico más importante de todos los tiempos: la tumba de Tutankamón. Algunos de los que estudiamos Historia nos sabemos la historia de Carter desde primero de carrera, cuando nos hicieron leer Dioses, tumbas y sabios. Por lo demás, el relato del descubrimiento de la tumba es bastante bien conocido y se puede encontrar en Internet.

Los problemas empezaron con la enfermedad de quien había sido el patrocinador y promotor de la expedición, Lord Carnarvon, que murió el 4 de abril de 1923, desatando todo tipo de elucubraciones a propósito de las causas de su muerte, que sin duda se debió a varias infecciones provocadas en origen por un picotazo infectado. La salud del Lord, en cualquier caso, era ya mala en los últimos meses. Sin embargo, la prensa y algunos literatos dieron pie a la especulación. La novelista de moda por entonces en Inglaterra, Marie Corelli, ya advirtió de su preocupación por la salud de Carnarvon en el New York World Magazine, en marzo de 1923, y una vez muerto fue la primera en afirmar que existía una inscripción en la tumba de Tutankamón que afirmaba que quien rompiera los sellos del faraón y penetrase en la tumba, sufriría la maldición. Marie Corelli era una novelista de éxito, publicaba novelas policiacas y de corte gótico, y sin duda se inventó aquella prueba de la maldición, que nunca nadie ha encontrado, Ni que decir tiene que Marie Corelli ni se acercó a Egipto para realizar comprobación alguna. Sin embargo, no fue la única en apuntarse a la superstición, pues también Sir Arthur Conan Doyle, autor de Serlock Holmes, especuló con la posibilidad de que un hongo oculto en la tumba fuera el culpable de aquella maldición.  A partir de ahí la prensa sensacionalista inglesa pasó los años siguientes buscando muertes misteriosas en el entorno de los arqueólogos que estuvieron en el Valle de los Reyes en noviembre de 1922.

De nada sirvió que Hebert E. Winlock publicara un artículo en 1934 señalando que en aquella fecha sólo dos de las 26 personas que estuvieron presentes en la apertura de la tumba habían muerto. En los años sesenta fue Mark Nelson el que publicó un nuevo estudio, en una revista científica de medicina, comparando las edades medias de fallecimiento entre aquellas 26 personas y otro grupo de personas que estaban en otro lugar de Egipto en la misma época. La esperanza media de vida en el primer grupo fue de 70 años, y la del segundo, de 75, por tanto, la diferencia no indicaba que hubiese habido una catastrófica mortandad entre los descubridores del sepulcro de Tutankamón.

Pero todo eso da igual. Sólo diez años después del hallazgo, en 1932, Karl Freund realizó la primera versión cinematográfica de La Momia, con la colaboración del conocido actor especializado en el género de terror, Boris Karlof. En esa misma fecha Hergé empezó a publicar el cómic de su personaje Tintín, titulado, Los cigarros del faraón. El fenómeno era ya imparable, a pesar de que Howard Carter se cansaba de manifestar que la idea de la maldición era una estupidez. Los años cuarenta conocieron una serie de películas sobre la momia que no he visto, pero que debieron de ser bastante olvidables, y en 1959 se da una nueva versión de La momia, pero en este caso siguiendo a la serie de películas de Serie B, y no a la original. Para 1948 Hergé había publicado también su cómic Las siete bolas de cristal, sobre la maldición del ficticio rey inca Rascar Capac, y que en realidad suponía una nueva alusión a la maldición de Tutankamón.

Desde entonces nos hemos encontrado momias por todas partes: persiguieron a Scooby Doo, han aparecido en numerosas películas, series de dibujos animados y videojuegos, como el genial Age of Mithology, de Microsoft. Pero sobre todo, a partir de ellas se inició un género de narraciones relacionadas con el Antiguo Egipto en el que ya es lícito mezclar las momias con la magia y la mitología egipcias, para crear toda una cosmología de ciencia ficción con una estética simplista que –en cualquier caso- sí se basa en algunas fuentes artísticas de diferentes momentos del Antiguo Egipto. Vamos, un poco de magia, otro poco de mitología, algún elemento histórico que le aporte credibilidad, y a la cocktelera de la narrativa de ficción: ¡y ya tenemos el postre de momia servido! El fenómeno ha alcanzado su apogeo con la serie de películas de Universal Studios, protagonizadas por Brendan Frazer, que mezclan todo tipo de narraciones y mitologías egipcias con elementos de ciencia ficción. Y como resultado de todo este jaleo, una momia con los brazos extendidos hacia delante, y con paso irregular y cansino, se hace acompañar de otros monstruos en el particular Photocall de la Noche de Difuntos. “Estos del siglo XXI están locos”, dirían los antiguos egipcios si se enteran de todo esto.

Recomendación para más info sobre este tema de Historia Antigua: Joyce Tyldesley (2012), La maldición de Tutankamón. La historia de un rey egipcio, ESPA-EBOOK; Henry T.G. James (2005), Tutankamón, Barcelona: Folio; C.W. Ceram (1985), Dioses, tumbas y sabios, Barcelona: Orbis.
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¿Era Colón el más listo?

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Este post ha surgido como consecuencia de la corrección de una práctica que entregaron mis alumnos hace un par de semanas. Algunos eligieron como tema “El Descubrimiento de América” y se centraron en la figura de Cristóbal Colón. Mi sorpresa llegó al ver que algunos de ellos me contaban que –a diferencia de la gente de su época- Colón sabía que la tierra era redonda, y por eso se planteó la expedición que finalizaría con el encuentro del Nuevo Mundo. Escondido en bambalinas un nuevo tópico que añadir a nuestro repleto carro histórico: el mundo medieval, oscuro, sórdido e ignorante, fue iluminado por un hombre de mundo, un marino sin patria, un humanista del Renacimiento, Cristóbal Colón. ¿Colón era el más listo de su tiempo?

Pues no. Debería bastar con señalar que hacia el siglo III antes de Cristo, Erastótenes, sin tanto avance tecnológico ni tanto descubrimiento geográfico, avanzó unos cálculos sobre el diámetro de la Tierra mucho más precisos que los de Colón. Se basó tan solo en el análisis de las diferentes sombras proyectadas por el sol en el mismo momento pero en lugares diferentes. Es decir, usó la observación y las matemáticas para acercarse mucho a la verdadera dimensión del Ecuador, que hoy en día estimamos en 40.008 km.

La moderna historiografía considera a Colón como un intelectual con una cultura considerable, pero en absoluto como a un sabio o un marino que pudiera destacar por encima de los demás en conocimientos. Uno de los problemas que encontró a la hora de buscar quien financiase su expedición es precisamente lo erróneo de sus cálculos, que reducían la distancia real entre las costas de España y Japón a una cuarta parte, más o menos. Y los expertos a finales del siglo XV sabían de ese error, y no veían en Colón más que a un vendedor de humo de formación científica endeble. Una cuestión diferente sería la de valorar las posibles informaciones de otro tipo que Colón pudiera poseer para lanzarse a aquella aventura, como relatos de navegantes, objetos traídos por las mareas, etc… Sin duda, a tenor de lo estipulado en las Capitulaciones de Santa Fé, Colón y sus mecenas esperaban topar con tierras desconocidas –islas- en el camino a Japón, quizás como consecuencia de informaciones prácticas más que de teorías científicas.

El estereotipo que lleva a esta confusión –como recuerda Jacques Heers en su libro La invención de la Edad Media–  es el de una Edad Media oscura e ignorante, con Universidades llenas de teólogos integristas y obtusos, incapaces de asimilar una evidencia conocida desde antiguo, como la redondez de la Tierra. Pues bien, esto no solo no es así, sino que las universidades medievales fueron grandes centros de estudio y conocimiento, y estaban llenas de grandes sabios que permitieron –en especial desde el siglo XIII- el desarrollo de unas ciencias experimentales independientes de la teología. Sabios que pusieron las bases de la ciencia moderna, o que incluso ejercen todavía una notable influencia en el pensamiento actual, como por ejemplo Bernardo de Chartres, capaz de darnos un eslogan para el actual y modernísimo buscador científico Google Scholar: A hombros de Gigantes. Al lado de algunos de aquellos maestros, un Cristóbal Colón equivocado de medio a medio en sus cálculos sobre las dimensiones del planeta, no podía parecer más que un charlatán, como apuntaba Jacques Heers.

¿Era Colón más listo? Fue más audaz, y con eso basta. Desde luego sus conocimientos científicos no fueron los que le dieron fama. Lo curioso, no obstante, es la benevolencia con la que ha sido tratado por la Historia. Un reciente estudio sobre su presencia en los manuales de Historia de Francia le sitúa como uno de los dos héroes históricos no franceses reconocidos en ellos, junto al otro extranjero ilustre, Guttemberg. El mismo Voltaire destacó la importancia de Colón como intelectual, como “iluminador” de la política de los Reyes Católicos, aunque seguramente lo hacía como consecuencia de la aplicación de los mismos estereotipos que utilizaba habitualmente para referirse a la Edad Media.

Más info sobre este tema de Historia Medieval en las actas del coloquio celebrado en Palos de la Frontera, coordinado por Consuelo Varela y titulado Cristóbal Colón, 1506-2006. historia y leyenda. Y si alguien se quiere entretener, Jean Favier tiene una magnífica monografía sobre los descubrimientos geográficos desde el mundo antiguo hasta la modernidad: Los grandes descubrimientos: de Alejandro a Magallanes.
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El gótico ¿Un arte siniestro?

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Una de las representaciones sociales de la Historia más en boga en los últimos años atañe directamente al arte gótico, y se refiere a la expansión de la llamada “subcultura gótica”, que no deja de ser una tribu urbana como otra cualquiera, con sus particularidades, su estética, sus gustos musicales… El análisis de esta denominada “subcultura” es complejo, porque los grotescos malentendidos de naturaleza histórica tienen su origen tanto en los tópicos vigentes sobre la Edad Media y su visión siempre oscura, como en la propia conceptualización del arte medieval como arte bárbaro o godo, y en las erróneas traducciones de los conceptos entre diferentes lenguas. Y yo os pregunto ¿Os parece el gótico un arte siniestro?

Para algunos en España, la moda gótica o siniestra saltó a la palestra cuando las hijas del entonces presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se fotografiaron en la Casa Blanca junto al presidente americano, Barack Obama, ataviadas con unas largas túnicas negras que seguían la estética gótica. Otros aún estamos pensando cómo el Servicio Secreto del presidente de los Estados Unidos pudo permitirles la entrada en la Casa Blanca –con las medidas de seguridad que gastan por allí- pero la realidad es que lograron traspasar todos los controles, y la fotografía dio la vuelta al mundo. La presencia de esta tribu urbana en España no era nueva, pero mucho menos lo era en otros lugares. En el mundo anglosajón se denominan goths, que debería traducirse más bien como godos, y no góticos.

La estética siniestra se caracteriza por el predominio del color negro en la vestimenta, y también por la búsqueda de su contraste con una piel blanquecina que emula artificialmente la palidez mortuoria. Los motivos religiosos “góticos” se toman de los cementerios, y no de la liturgia cristiana, y aunque su uso es habitual (crucifijos en especial), el movimiento gótico es totalmente ajeno a la religión. El aspecto de los góticos es, por tanto, impactante, diferente, y en buena medida produce en quien lo mira sorpresa y rechazo. Sin embargo, esta estética nada tiene que ver con el arte gótico. En la arquitectura, el gótico busca la altura, el colorido y la luminosidad, en la convicción de que Dios está representado por la luz. Por tanto, el negro no es un color que predomine en el arte gótico -ya sea en pintura, escultura o arquitectura-, ni en la vestimenta de la época, aunque sí lo hará en épocas posteriores –no medievales- como por ejemplo en la pintura de Caravaggio y en todas las obras tenebristas. Y en consecuencia, no es que el arte gótico tenga una estética diferente de la que podemos observar en nuestros “góticos contemporáneos”, es que se trata directamente de formas estéticas antagónicas. De hecho, si buscamos paralelismos, sería más lógico unir la estética siniestra con el arte románico, en el que al menos la arquitectura sí resulta más oscura y más intimista, aunque ni por esas.

Pero… -y asumo que esto se puede convertir en un complejo dilema- si la tribu urbana de los góticos no tiene nada que ver con el arte gótico… ¿Entonces de dónde salen sus ideas, su estética y su simbología?  ¿O es que acaso se las han inventado hace unos pocos años? Creo que es mejor que vayamos hacia atrás despacito: En los años ochenta proliferaron una serie de grupos de rock denominados góticos, entre los que cabe destacar a The Cure como grupo más emblemático. Tanto The Cure como los grupos ingleses a los que se les ha colocado la etiqueta gótica, pertenecían en realidad al movimiento post-punk, es decir, una derivación tardía del rock punk. The Cure poseía atributos depresivos y siniestros un tanto inquietantes, diría yo, aunque estas no fueran características que compartieran todos los grupos góticos.

La transformación de una parte del movimiento punk en gótico se debió a la adopción de nuevas formas estéticas que fueron tomadas de las películas de terror realizadas a lo largo del siglo XX. El terror parecía un elemento con el que los punk podían sentirse cómodos: podían continuar despertando el rechazo social y seguir escandalizando. Además, el terror había viajado de la gran pantalla a la televisión, y en todo el mundo hacían fortuna los episodios de la Familia Addams (1964-1966) y los Monster (1964-1967), que mezclaban humor y personajes propios de las fábulas de terror (vampiros, momias, hombres lobo, fantasmas y brujas). Desde comienzos del siglo XX la literatura de terror se había llevado al cine con títulos como Frankenstein (1910), El Golem (1915), Nosferatu, el vampiro (1922), El jorobado de Notre Dame (1923), o el Fantasma de la Ópera (1925). Y aquí estaría la madre del cordero, ya que esta literatura de terror –compuesta a lo largo de todo el siglo XIX- es la que se ha considerado como la narrativa gótica.

La narrativa gótica es recuperada especialmente por autores románticos que modifican “relativamente” la visión negativa del medievo que habían tenido hasta entonces los eruditos desde el Renacimiento hasta la Ilustración. En realidad los estereotipos sobre el Medievo seguían vigentes (oscuridad, ignorancia, violencia…), sólo que para los románticos las supuestas oscuridad y violencia del periodo resultaban atractivas, y en absoluto rechazables. Autores como Horace Walpole, Lord Byron, Edgar Allan Poe, Mary Shelley, R.L. Stevenson o Bran Stoker son responsables del éxito de este género literario, que en ocasiones resultaba extremadamente terrorífico y turbador. Baste con leer algunos de los relatos cortos incluidos en la obra Cuentos de lo grotesco y arabesco, de Edgar Allan Poe. Muchas de aquellas obras de los autores mencionados se situaban en su presente, en el siglo XIX, pero las raíces de los misterios narrados siempre se encontraban en el medievo, y la acción transcurría en una arquitectura gótica a la que siempre se hacía referencia por medio de alusiones a diferentes elementos constructivos (arcos, bóvedas, torres, arquerías…).

Quizás un año paradigmático de aquel estilo literario fuera 1816, cuando Lord Byron se trasladó a Suiza –hastiado del rechazo de Inglaterra. Aquel verano lo pasó Lord Byron alquilado en la villa Dioati, situada en Cologny (Suiza), y con la frecuente compañía de personas que en adelante resultarían muy relevantes para el futuro de la literatura: Mary Shelley, Percey Shelley, John Polidori, y el propio Lord Byron. Parece que a petición de Lord Byron –el 16 de junio de aquel año- todos se embarcaron en la redacción de obras de terror, aunque a la postre sólo dos se terminarían, y formarían parte de las más célebres de la Historia: Frankenstein, de Mary Shelley, y Ernestus Berchtold, obra precursora de El vampiro, que publicaría Polidori tres años más tarde.

Ha resultado complejo, pero hemos podido llegar desde Lord Byron a las hijas del expresidente Rodríguez Zapatero haciendo un interesante recorrido por literatos decimonónicos, películas de terror, comedias televisivas y grupos de rock punk. Lo increíble de todo esto es que el arte gótico y el medievo haya permanecido en el fondo de la cuestión, como decorado estéticamente requerido por artistas de tan diferentes épocas, estilos y medios. Y es que la Edad Media mola… (Y la Historia Medieval, claro).

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Borrar el pasado de Navarra

Hacer política con la Historia me parece una de las cosas más peligrosas que existen, pero mezclar política y memoria me lo parece aún más. Quizás se deba a la lectura temprana de la obra de Georges Orwell, 1984, la novela que vaticina el futuro bajo el dominio totalitario de un Gran Hermano (el Estado), que decide no sólo lo que debe ser en el presente y en el futuro, sino que también decide lo que fue el pasado a través de su Ministerio de la Verdad, encargado de borrar el pasado cuando era “incorrecto”.

La decisión de eliminar elementos del patrimonio histórico-artístico de Navarra (como los dos escudos de armas de los que se habla más abajo), representa la manera en la que desde ciertos ámbitos nacionalistas vascos (y no nacionalistas también, seamos justos), se entiende la Historia. Lo que no gusta del pasado, se olvida, o peor, se elimina. Lo siento por todos ellos pero la realidad histórica es tozuda, y seguirá mortificándonos durante toda nuestra vida: nuestra tierra –y la de al lado, y la otra, y la de más allá- vivió conflictos internos, padeció conquistas, sufrió traiciones y vivió dictaduras, y nada de lo que hagamos, digamos o destruyamos en la actualidad puede cambiar eso. Si borramos el recuerdo de todo aquello perderemos la perspectiva de lo que fue, y modelando el pasado a nuestra manera no conseguiremos progresar. Es más, haremos lo contrario.

Nuestra memoria nos dice quién somos y quién fuimos. Memoria e identidad van unidas, de la mano. Y aquí está el debate, pongámosle nombre. ¿Quién somos? ¿Quién fuimos? ¿Qué queremos ser? ¿Vascos, navarros, españoles, europeos…? Por eso hay que hacer más Historia, e influir menos en la memoria colectiva. Y la educación… simplemente debería facilitar las herramientas necesarias para que cada uno mire críticamente al pasado y decida cuál es su identidad sin intromisiones externas. Quizás soy un ingenuo, aún a mi edad.

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En Navarra se ha creado recientemente una nueva Dirección General, la de Paz, Convivencia y Derechos Humanos, que engloba el “Servicio de Memoria y Convivencia”, y que se ha dotado, en su conjunto, con un presupuesto de 800.000 € en los presupuestos de Navarra de 2016, una cantidad que promete ir creciendo en los próximos años.

En mi opinión, un gobierno debería dedicarse a financiar las actividades que los historiadores profesionales con los que cuenta (en Universidades, Archivos o Centros de Investigación), realizan para construir la Historia de Navarra. Para eso nos paga, y para eso nos ha seleccionado por medio de procesos selectivos que buscan la objetividad. Las actuaciones en el terreno de la memoria me parecen peligrosas, porque suponen una injerencia política en el recuerdo de su población, que debería poder elegir libre e individualmente aquello que quiere y que no quiere recordar. Porque la Historia es el saber científico sometido a crítica, pero la memoria representa al saber popular, que no tiene por qué coincidir con el anterior. A la memoria no se le pide veracidad, porque incluso puede ser cambiante. Tengo muy claro que los nuevos tiempos van por aquí, y que las instituciones están mucho más preocupadas por cultivar el saber y la cultura populares, que la cultura o el saber académicos o expertos. Es nuestro tiempo, es el llamado “pensamiento wiki”. Y sin embargo yo siempre reivindicaré el trabajo del profesional de la Historia, el del historiador, pagado para hacer ese trabajo, y que –con las imperfecciones propias de cualquier labor profesional- tiende hacia una mayor excelencia que el trabajo aficionado.

El problema es que en los últimos tiempos esta nueva manera de pensar se atreve a tomar decisiones serias al margen de cualquier tipo de asesoramiento académico o científico. Dudo mucho que cortar a sierra un altorelieve situado en el frontón del Palacio de Navarra haya tenido un asesoramiento serio de un taller restaurador. Al menos tenía detrás la ley de Memoria Histórica, y se parapetaba bajo el paraguas de la retirada de los signos franquistas. Entiendo que se quieran retirar los símbolos de una dictadura, y más en un lugar tan emblemático, pero no a cualquier precio, a costa por ejemplo de cargarse el patrimonio histórico-artístico. La escultura representaba el escudo de Navarra sostenido por dos figuras apolíneas alegóricas de la Ribera y la Montaña. No parece tan malo como para segarles los pies a las dos esculturas con una sierra, si lo único que sobraba en la escultura era la “laureada” que rodeaba el escudo. La actuación da pie a que los malpensados barajen otras motivaciones, como que lo que quería quitar el gobierno de Navarra era el propio escudo de Navarra.

Lo que resulta menos disculpable aún es que el alcalde de Pamplona decida unilateralmente retirar el magnífico escudo borbónico del zaguán del ayuntamiento, argumentando que nada tiene que ver con Pamplona o con Navarra. Juan José Martinena respondió a estas afirmaciones de manera brillante el sábado en Diario de Navarra, aunque dudo que sirva de algo. El escudo quedará oculto a partir de ahora en algún depósito municipal, para que no se vea, para borrar el recuerdo de algo que en el pasado fue, pero que al señor alcalde no le gusta. Los nuevos gobiernos son muy aficionados a hacer referéndums, pero una decisión unilateral del alcalde ha sido suficiente en este caso: “que le corten la cabeza”. El escudo llevaba un siglo en aquella ubicación, tres siglos en Navarra, una vida de doscientos años en Navarra más que el propio alcalde, y sin embargo el alcalde considera que nada tenía que ver con Navarra.

Ya que se está invirtiendo tanto dinero en conservar la memoria, habría que tratar de que la memoria no se lleve por delante el patrimonio, las huellas documentales y fidedignas de lo que realmente fue, porque con ellas trabaja la Historia. Este es el conflicto que nos plantean hoy. ¿Memoria o Historia?

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