Roncesvalles ¿El nacimiento de un reino?

Una de las cosas que pretendía hacer con este blog es comentar novelas o libros que tratasen de temas históricos. Hasta ahora no lo he hecho, pero es lo que me propongo hacer hoy con una novela sobre  la batalla de Roncesvalles titulada 778. Orreaga. El nacimiento de un reino, de Arantzatzu Ametzaga Iribarren, editada por Txertoa.

Sin entrar en profundidades –porque sé que si entro en mayores disquisiciones, la mayor parte de la gente no me lee, je je-  diré que esta novela no me ha gustado nada. Resulta una interpretación contraria a la que tantas veces hemos oído sobre la batalla de Roncesvalles: o sea, la visión tradicional de un ejército franco-carolingio heroico, derrotado en su regreso por los vascones, o quizás por los musulmanes. La autora, en cambio, narra una visión negativa de los francos que nos presenta a un Carlomagno ambicioso en exceso, que pretendió someter las tierras libres de los vascones, y que fracasó de manera vergonzosa.

En la novela 778. Orreaga podemos encontrar un ejército franco cristiano revestido de todos los vicios posibles, con unos personajes detestables a rabiar, empezando por el protagonista Roldán, un jefe despiadado, tramposo, puerco a más no poder… Frente a ellos, los vascones y la ciudad de Pamplona como virtuosos antagonistas que sí conocen el honor, la pureza, la limpieza, la belleza… Los vascones vivirían ligados a su tierra, unidos en una especie de sociedad igualitaria, en un estadio de casi pre-cristianización idílica, adorando en muchos casos a deidades de la naturaleza que serían respetadas incluso por los jefes vascones cristianizados. Coincidiendo con la famosísima batalla, además, nacería un niño destinado a reinar sobre todos los vascones: Íñigo Arista.

Siendo una novela publicada en 2015, no acabo de entender dónde encajan los nuevos descubrimientos arqueológicos de la plaza del Castillo de Pamplona. La historia nos presenta una Pamplona bucólica, libre, vascona, un auténtico y puro fortín de los vascones. Olvida la autora el importante cementerio musulmán de la plaza del Castillo, así como la contemporánea necrópolis del palacio del Condestable, que nos habla de una Pamplona del siglo VIII en la que convivían las religiones musulmana y cristiana, aunque con predominio político musulmán. Siendo aquellas las condiciones políticas y religiosas, la práctica total ausencia en la novela de musulmanes radicados en Pamplona y con poder político, me ha defraudado mucho, sinceramente. Lo que he leído se me ha antojado más una novela decimonónica, del estilo y del gusto de Navarro Villoslada o de Arturo Campión, que una novela de 2015 con la posibilidad de incorporar las informaciones más novedosas sobre la Alta Edad Media navarra. Los nuevos hallazgos arqueológicos obligan a los historiadores a rehacer sus trabajos, pero también deberían obligar a los novelistas históricos a replantear sus argumentaciones y sus narraciones.

A ver si lo digo más claro: si Carlomagno atacó Pamplona en su expedición a Zaragoza, sin duda lo hizo porque los musulmanes dominaban Pamplona, y por tanto, algo habrían tenido que decir  también los musulmanes en un posterior ataque a un Carlomagno en retirada. El ensueño pastoril de un Pirineo vascón incontaminado puede ser una interesante figura literaria, pero no una realidad histórica.

Para acabar, en un contexto de dominación musulmana como el que testimonian las fuentes arqueológicas más novedosas… ¿De verdad podemos pensar en el nacimiento de un reino hacia el año 778? Ángel Martín Duque no se ha cansado de mencionarlo: tendría que pasar más de un siglo para que las élites pamplonesas fueran capaces de renunciar a la dominación y/o alianza con los musulmanes, y que pudieran forjar un proyecto político propio y autónomo. Y siento decir que –en ese momento- el referente ideológico de esas élites fue la monarquía astur-leonesa, hacía tiempo enfrentada con el mundo islámico.

Por otro lado, la autora utiliza anacrónicamente conceptos como el de “Marca Hispánica”, que es una creación historiográfica de época moderna, como ha demostrado Fermín Miranda, y que por tanto, no era un concepto que se pudiera haber usado en el siglo VIII.

Por todo ello, creo que desde un punto de vista histórico, esta novela lleva a la confusión y a un planteamiento historiográfico erróneo. Sé que una novela histórica debe tener libertad creativa, pero debe practicar esa libertad sin sacrificar la veracidad histórica. No es fácil, pero nadie dijo que lo fuera.

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Me tomo una caña y veo a Cleopatra en las pirámides… ¿de Luxor?

Con este título alguno pensará que la cerveza sería de alta graduación, o que no era caña, o que quizás las birras fueron más de una realmente. Pues no, pero es que esto de escribir un blog me ha llevado a tener el móvil preparado para hacer una foto histórica en cualquier momento. Y esta vez pensé ingenuamente: sólo me tomo una caña, y la consecuencia fue, en efecto, que acabé viendo a Cleopatra en las pirámides de Gizeh, lo cual en sí no es raro ni imposible, pero sí me da pie a disfrutar de los desmanes históricos que me rodean. Yo a lo mío.

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De nuevo provocado por una máquina tragaperras, aunque la provocación no me costase dinero. Sólo el tiempo que llevo escribiendo este post. Creo que las imágenes y los textos de esta máquina tragaperras se ven claras en la foto: una mujer egipcia, que con ese pelo recuerda a Elizabeth Taylor en Cleopatra y con el bikini a una modelo de pasarela, las pirámides de Gizeh, el Nilo con un barquito y una palabra: Luxor.

A ver por dónde empiezo. Las pirámides no están en Luxor (antigua Tebas), sino en Gizeh. Luxor es famoso por el Valle de los Reyes, donde se encuentran las tumbas de algunos de los faraones más famosos (como Tutankamón), y además por sus espectaculares templos de Luxor y Karnak. No obstante, los templos de Luxor y Karnak datan del Imperio Nuevo (si mis fuentes no son erróneas de los reinados de Amenofis III y Ramsés II, hacia los siglos XIV y XIII a.d.C.). Aunque mis fuentes fueran erróneas, lo que puedo decir con seguridad es que las pirámides de Gizeh –situadas junto a El Cairo, es decir, a unos 700 km de Luxor- comenzaron a construirse en el reinado del rey Keops, es decir, en el siglo XXVI a. d. C. o sea, unos 1.000 años antes que los templos de Luxor y Karnak.

No sé si se me ha seguido. La maquinita de marras mezcla churras y merinas: Gizeh (junto a El Cairo), y Luxor, a 700 km. al sur; el Antiguo Imperio egipcio, con el Imperio Nuevo, con una diferencia de 1.000 años entre ambos. Por si fuera poco, nos ponen una señora casi en cueros –oye, que parece obligado ponerlas en porretas en las máquinas tragaperras- que se parece por el pelo a la Cleopatra encarnada por Elizabeth Taylor, aunque no a la Cleopatra real, que era de origen griego y vivió en el siglo I a.d. C.

Entre moneda y moneda, avance y avance, tiramos 2.500 años de Historia Antigua a la basura, metiendo elementos anacrónicos en la coctelera y pulsando luego la tecla luminosa: start. Seguro que la cerveza debía de tener alta graduación, porque si no, no entiendo la macedonia que se han montado con cuatro tópicos facilones. Al menos esa imagen del Nilo con los barcos, las palmeras en primer plano y el desierto detrás, me recuerda el maravilloso crucero que hice por sus aguas hace algunos años, y que hoy parece complicado poder volver a repetir.

Que me pongan otra cerveza, a ver si en un segundo análisis lo entiendo mejor.

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Lunnis de leyenda

Esta semana quiero hacer un post positivo para alabar una iniciativa del canal infantil ClanTV, que de unas semanas a esta parte ha comenzado a emitir, tanto en su programación televisiva como en su aplicación para dispositivos móviles, una serie llamada “Lunnis de Leyenda”. ClantTV recupera con esta serie a los lunnis, con capítulos que siguen una dinámica narrativa doble: una historieta que presenta un problema actual que sufren los lunnis, y una historia de la antigüedad o una leyenda, contada –y luego cantada- por la cantante y colaboradora del programa, Lucrecia. Una historia del pasado o leyenda que adquiere carácter de moraleja.

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Hasta el momento los episodios emitidos hacen referencia a Hércules, Aníbal y la leyenda canaria de Gara y Jonay. En cada capítulo Lucrecia cuenta a los lunnis una historia con una finalidad moralizante que debe servirles para resolver algún problema. Hacia el final del capítulo dos nuevos personajes (dos conejos) discuten sobre la veracidad de cada historia, tratando de elucubrar si lo que ha contado Lucrecia ocurrió realmente o no.

En primer lugar felicito a ClanTV por la iniciativa; retomar contenidos mitológicos e históricos para contar historias a los niños me parece una gran idea. Presentar el debate sobre si los sucesos contados ocurrieron o no, es una forma interesante de pensar sobre la Historia y su sentido, y esto hace que cada capítulo pueda convertirse en un buen material para la escuela, un recurso para hacer un poquito de didáctica desde la Historia. Es cierto que alguno de los relatos que nos han contado –en especial el de Aníbal-, presenta algún problema de adaptación al modelo planteado por Clan: la Historia (con mayúscula) no siempre nos deja una moraleja clara, y cuando forzamos los hechos para adaptarlos a una realidad presente, a veces nos puede salir un churro. Con los fallos que se quiera, a mí me vale el modelo si es para enganchar a los niños. Y lo justifico apelando a un episodio fantástico de aquel mito de la televisión infantil que es la Bola de Cristal, cuando Alaska, Pedro Reyes y Pablo Carbonel contaban e interpretaban el pasaje homérico de Ulises y Polifemo. No sé por qué, pero siempre he recordado aquel extraño Ulises, y en especial a aquel aún más extraño Polifemo, representado por Pedro Reyes. Los niños no necesitan que la historia que les contamos sea exacta ni precisa, sino que les contemos algo atractivo e interesante: y la mitología y la Historia son ambas cosas.

Si los niños que ven el ClanTV acaban canturreando las cancioncillas de Lucrecia y soltando palabros y nombres que quizás no entiendan, pero que sí aprecian, como el caso de Hércules y Gerión, o de Aníbal y Escipión, creo que merecerá la pena el esfuerzo. Como además la música es protagonizada por Lucrecia, el éxito está asegurado. Les deseo que continúe la serie con éxito en los ocho capítulos que, creo, faltan por aparecer.

 

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Música celta. Pero… ¿Celta, celta?

Una interesante controversia sobre la Antigüedad es la que afecta a la cuestión celta. El nombre o adjetivo celta es muy usado hoy en día, y sirve lo mismo para denominar a un equipo de fútbol (el Celta de Vigo, el Celic de Glasgow) o de baloncesto (los Celtics de Boston), que para referirnos a un tipo de cultura, de música (celta), o incluso de productos (como el tabaco, marca Celtas Cortos). Los celtas, recordados como prestigiosos guerreros, fueron también el paradigma antiguo de la raza aria de los nazis (los indoeuropeos o hiperbóreos), teóricamente extendida por toda Europa y especialmente en Centroeuropa. Hoy los historiadores tiran por tierra todos estos tópicos o estereotipos, y parecen haber llegado al acuerdo de no poder otorgar una unidad étnica a todos aquellos grupos históricos que han sido denominados “celtas” en algún momento.

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Cuando se habla de los celtas o se adjetiva algo como celta, la realidad afectada puede estar situada en buena parte de Europa: celtas serían los gallegos, celtas también los franceses, aunque especialmente los bretones, y celtas serían, especialmente, las islas británicas, aunque no tanto Inglaterra, pero sí Irlanda, Gales o Escocia. Estoy caricaturizando el asunto, lo siento, ya voy a lo académico. El yacimiento clásico del que se ha hecho derivar toda la cultura celta –fechable entre el 700 y el 450 a.d.C.- es el de Hallsttat, cerca de Salzburgo, y las teorías clásicas que yo estudié en la cartera de Historia decían que aquella cultura hallsttáltica -heredera de la de los Campos de Urnas- se había extendido por toda Europa de manera fulgurante gracias a su superioridad técnica, basada en el dominio de la metalurgia del hierro.

A partir de ahí, tratar de hallar unas características comunes a todos los grupos humanos que han sido denominados celtas… hoy resulta muy complicado. El hecho de que en yacimientos alejados se encuentren elementos similares, no tiene por qué significar que se haya producido una conquista celta, sino que algunos elementos culturales se van imponiendo como consecuencia del contacto cultural, comercial, o incluso a través de la emigración. Lo seguro es que los celtas no pudieron contar con una organización estatal que les permitiera realizar una conquista a gran escala y constituir un estado de amplias fronteras.

Como señala Juan Manuel Orgaz, gracias a los comentarios de Julio César en la “Guerra de las Galias” hemos podido conocer a los druidas, y de ahí se ha desatado también toda una literatura fantástica ligada a la dimensión mágica de los celtas, que en época medieval se replicó gracias a los textos del denominado Ciclo Artúrico, llevando el Grial hasta el mundo celta. Otra interpretación de lo celta está, por tanto, ligada a la ficción fantástica, a la adivinación, a la existencia de druidas, como nuestro querido Panoramix, y de otros elementos mitológicos, en lo que constituye un nuevo error conceptual, una nueva construcción errónea del pasado que, en cualquier caso, ha hecho fortuna y se extiende como la pólvora. La magia y las religiones antiguas se mezclan en nuestra evocación del círulo de rocas de Stonehenge, en el sur de Inglaterra.

La mención de las lenguas célticas no deja de ser otro tópico historiográfico, otro de los errores históricos ligados al tema, igual que el hecho de considerar celtas a los sonidos de las gaitas, la flauta travesera o el violín, es decir, a la música folk que no usa instrumentos musicales modernos o electrónicos… como si los “celtas” de antaño hubiesen tocado alguna vez la flauta travesera o el violín. Que conste que a mí me gusta ese tipo de música, de la que fueron paradigma Enya, Sidney O’Connnors, The Corrs, o ya Mago de Oz en España, pero celta, celta… lo que se dice celta, no es. Seguramente todos aquellos pueblos harían su música como podían, pero no disponemos de las fuentes adecuadas para comparar el Runaway de The Coors, o la banda sonora de El Señor de los Anillos, compuesta por Enya, con los cánticos tribales de aquellos pueblos protohistóricos que nunca pudieron escuchar sus propias creaciones musicales en los Cuarenta Principales.

Para saber más: J.M. Orgaz, (2010). El final de los celtas. La esencia céltica: un mito literario más. LVCENTVM. 29. 187-189.

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Una obsesión anacrónica: dinosaurios comiendo humanos

Somos la pera. Nos encanta lo imposible. Desde que el mundo descubrió los fósiles de los grandes saurios que vivieron antes de la llegada del hombre a la tierra, nos hemos imaginado enfrentándonos a ellos, luchando con ellos, matándolos, siendo perseguidos y sucumbiendo ante ellos… algo que nunca pudo ser, pues dinosaurios y humanos nunca habitaron un mismo espacio, en lo que supone una visión anacrónica del pasado y uno de los más grandes y más habituales errores históricos.

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Nos hemos inventado todas las formas posibles para hacer realidad lo imposible, como cuenta José Luis Sanz, paleontólogo de la Universidad Autónoma de Madrid. Julio Verne hizo viajar a sus protagonistas hasta el mismo centro de la Tierra, para hallar allí dinosaurios con los que luchar. El cine envió a Jasón a lugares míticos donde también los había. Y finalmente, nuestra sociedad más moderna se inventó una manera científica de hacer posible lo imposible: hallar ADN de dinosaurio en un trozo de ámbar, y ser capaces de reconstruir genéticamente a toda una especie, eliminada de la faz de la tierra hace millones de años. Incluso en el futuro y en otros planetas el cine de ficción ha plantado dinosaurios o animales similares, haciendo lógico para nuestra mente algo que no debería serlo tanto. Insistieron en la idea con varias secuelas del primer Parque Jurásico, aunque con la primera ya habíamos captado la idea.

De los Picapiedra a la más novedosa El viaje de Arno, la tentación del anacronismo en la Prehistoria ha sido constante. Quizás no deberíamos pero… ¡Resulta tan sugerente la posibilidad…! A los japoneses siempre les sedujo la combinación, y sacaron de las profundidades del océano a la criatura Gotzila, que es una extraña especie de gigantesco dinosaurio producto de alguna mutación genética. En este caso también se plantea un posible futuro en el que aparece un dinosaurio, pero colosal, que pudiera competir con toda nuestra capacidad militar. Hay más ejemplos de películas tremendamente malas que plantean cosas similares, como Pacific Rim, donde la Tierra es atacada por muchos de estos seres, similares a Gotzila. Lo curioso del asunto es que una vez tras otra, nosotros compramos esa idea y acudimos al cine a ver cómo durante un ratito, se hace realidad algo que nunca fue.

Pero no nos engañemos, es la pasión que siempre nos generó la máquina del tiempo, el viaje por el tiempo, la incoherencia del anacronismo y sobre todo, la posibilidad de burlar las más severas leyes temporales. En los últimos meses ha triunfado en España el Ministerio del Tiempo, una serie que permite una manipulación masiva del tiempo por medio de los viajes en todas direcciones. Recuerdo la introducción en la película Moulin Rouge de toda una banda sonora anacrónica, lo que convierte al film en una historia un poco gamberra, y le aporta sin duda un cierto atractivo. Y cómo no, el sueño repetido de Bill Murray en Atrapado en el Tiempo, grandísima película que investiga la posibilidad de revivir un mismo momento hasta conseguir un objetivo: el amor.

Desde sus orígenes en el siglo XIX la máquina del tiempo ha sido una obsesión para la ciencia ficción, Mark Twain envió a un yankie a la corte del rey Arturo, y el asunto ha culminado en nuestros días con numerosísimas formas narrativas, como la bíblica Caballo de Troya en sus distintas versiones, o la exitosa serie Dr. Who. Como dijo David Lowenthal en su obra El pasado es un país extraño, la ciencia ficción es una fuente de información inestimable para estudiar nuestras preocupaciones con respecto al pasado, ya que “no está controlada por el sentido común, revela pasiones y presuposiciones que proyectan los intereses diarios en el pasado en busca de un alivio rápido”. Otra de las más elaboradas ficciones es la de Assassin’s Creed: controlando la mente de una persona en el mundo actual se puede recrear el pasado de sus antepasados, pues los recuerdos se heredarían y quedarían almacenados en el subconsciente, aunque sin tener acceso a ellos de forma voluntaria.

Son nuestros miedos y nuestros deseos los que se reflejan en esas formas ficticias de representación de un pasado en el que nos enfrentamos a nuestros peores monstruos. Pero recordemos que se trata de un imposible y no se asusten, los dinosaurios no existen.

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Mundos medievales: Clash of Clans

En los colegios de medio mundo se ha colado un mundo medieval que está presente en el patio de recreo, en las horas de ocio de los jóvenes… es Clash of Clans. Ya sé que algún jovenzuelo me dirá que es un videojuego pasado de moda, y que ahora “lo peta” el Clash Royal, pero para el caso, lo mismo. A lo que voy: entre las aulas de primaria y secundaria se ha deslizado uno de los abundantes mundos medievales, un trocito de Edad Media “manipulado genéticamente” con el arte de la fantasía épica de inspiración medieval. Y lo peor de todo es que algunos profesores aún no se han enterado.

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¿Qué hacemos? Nuestros hijos están expuestos a estos mundos virtuales. ¿Prohibimos jugar a Clash of Clans en el colegio? Clash of Clans es un éxito internacional de la empresa finlandesa Supercell. Gratuito de instalar en el móvil o la Tablet, es un típico juego de estrategia y de gestión de recursos de una ciudad o aldea, que debemos hacer crecer para lograr el éxito. El juego no tiene un final, como es habitual en este tipo de aplicaciones MMORTS (Masive Multiplayer Online Real Time Strategy). La obtención de recursos está relacionada con el paso del tiempo, y sólo puedes acortar los plazos de tu desarrollo pagando dinero. Ahí está el negocio. Los adolescentes normalmente no pagan, solo juegan a la velocidad normal que les permite el juego gratuito. Conforme van avanzando mejoran sus ciudades y sus tropas, con las cuales pueden atacar a otros videojugadores de todo el mundo. Organizados en clanes, los equipos de jugadores pueden desarrollar estrategias colectivas coordinadas por medio del chat que facilita la propia aplicación, o estrategias individuales.

Tengo que decir que a nivel cognitivo el juego me parece muy interesante, porque los niños aprenden a desarrollar de manera autónoma estrategias de juego a medio o largo plazo, gestionando diferentes variables, donde la inmediatez o precipitación están penalizadas: es lo que hoy en día se llama gamificación. El juego además requiere de una constancia que –eso sí- puede volverse en contra del propio jugador, si “se engancha”.

Sin embargo, el videojuego está ambientado en una Edad Media imaginada que se extiende a velocidad gigantesca por las redes y salta de un videojuego a otro. Los bárbaros, los caballeros y los arqueros se mezclan con todo tipo de criaturas extrañas (gigantes, magos, brujas, esqueletos, duendes o dragones), y además la gestión de recursos incluye la obtención de un mágico elixir de color morado.

La literatura de fantasía épica no es nueva, pero la aparición de mundos fantásticos medievales en las aulas sí que lo es, y hay que tenerla en cuenta. Los niños siguen estas aplicaciones, se informan sobre ellas, viven en un mundo medieval fantástico, y esto tiene sus repercusiones, como nunca pudo tenerlas la novela (de público mucho más reducido y de más edad). Este tipo de narrativas cada vez son más simples, pero su producción y distribución resultan más cuidadas, pues las empresas desarrolladoras de videojuegos son conscientes de la transcendencia de crear un mundo de ficción (y de consumo) en el que el consumidor se sumerge hasta el punto de llegar a crear nuevos contenidos (fan fiction).

Sería bonito que alguno de esos mundos fuese realmente medieval, imaginado sí, pero de manera rigurosa por un equipo de historiadores. Y sería bonito que ese juego entrase en los patios, en los móviles y en las tablets de la misma manera que lo ha hecho Clash of Clans.

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300

La semana pasada mencioné la película 300 (2007), aunque de refilón. Pues esta semana le dedicaré unas líneas a un film que me parece muy sintomático de la forma que tenemos de acercarnos al conocimiento histórico hoy en día. Siempre han existido tópicos sobre la Historia, y la prueba es que a través de Plutarco los mismos romanos percibieron a Esparta como una realidad estereotipada. En cambio nuestra sociedad sólo es capaz de digerir los antiguos tópicos a través de una segunda simplificación que reduce aún más su veracidad histórica. Es el caso de Esparta y de la película 300.

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El entonces jugador de la selección española Álvaro Arbeloa celebró la victoria en el mundial de Sudáfrica de 2010 al grito de ¡espartanos! Se lo decía a una masa enfurecida que observaba a los jugadores de la selección, subidos en un gran escenario. Al jugador del Real Madrid le llamaban espartano, seguramente por su forma de juego, más aguerrida que virtuosa. El maestro de ceremonias en aquella ocasión fue el jugador Pepe Reina, que empezó su show particular gritando lo mismo: “Espartanos, ¿Cuál es vuestro oficio?”, y la gente respondió con una onomatopeya de significado difícilmente explicable: ¡aú, aú, aú! Lo más interesante del caso es la comunicación que se establecía entre aquellos jugadores de fútbol y unos 250.000 asistentes en la celebración de la explanada de Puente del Rey, por medio de un tema histórico: Esparta.

César Fornis ha hablado de Esparta como de un “sendero de tópicos y falacias”, y Paul Cartledge decía que Esparta “es una marca registrada, no sólo un nombre”. Desde luego posee un significado en el presente, y cada vez resulta menos importante que ese significado tenga una relación más o menos precisa con la realidad histórica. Y todo ello a pesar de que en los últimos tiempos los historiadores sobre Esparta han ido poco a poco interpretando de manera más precisa las fuentes antiguas, cotejando las informaciones que aportaban con los testimonios arqueológicos, y mostrando que Esparta no era socialmente tan diferente de las otras polis griegas. Desde luego tenía un sistema político diferente del ateniense, una oligarquía, y además su existencia como potencia griega estaba basada en el dominio de Laconia y Mesenia, las dos regiones del sur del Peloponeso, cuyos habitantes (ilotas) eran sometidos a la esclavitud de los ciudadanos (espartiatas). La organización social espartana –basada en las leyes dictadas por el legendario Licurgo-, incluyó un sistema de educación y adiestramiento para el combate (agoge), ya que sólo si los espartiatas se organizaban de esta manera podrían controlar de manera efectiva un territorio tan grande sometido a la escalvitud.

Recuerdo que en el colegio estudié las polis griegas (¡qué barbarie!) entendiendo que había un enfrentamiento entre buenos y malos. Buenos, los demócratas atenienses; malos, los oligarcas y esclavistas espartanos. Ambos fueron capaces de unirse y superar sus diferencias en un intento de defensa casi nacionalista de Grecia, contra los persas, en las guerras médicas. Sin embargo, luego estallaron sus diferencias en las guerras del Peloponeso, en las que vencieron los espartanos a los atenienses, marcando así el final de la Grecia clásica a finales del siglo V a.d. C. Esto es lo que yo entendí entonces. Es una idea simple y tópica, pero al menos es interesante, y me salva el hecho de que yo era un niño. Después de unos años -ya como historiador-, he podido ser consciente que hay que matizar muchas de estas afirmaciones.

Pero el problema es que hoy en día un cineasta americano se fije en un cómic creado en 1998 y decida hacer una película de presupuesto millonario sobre la antigua Esparta sin consultar ninguna otra fuente histórica, y que el resultado sea algo que ni siquiera un niño habría entendido así de mal: un delirio de tópicos y violencia que no informa en absoluto sobre la realidad histórica, pero que seduce estéticamente y engaña a los millones de espectadores que la han visto. Y todo ello –además- con una intención moralista detrás, que plantea un conflicto entre un occidente ¿civilizado? (aú, aú, aú) y un oriente decadente. Un conflicto del presente, no del pasado, y detrás del cual se pueden entrever líneas políticas y morales propias de la derecha americana más belicista.

Este es el nivel de interpretación histórica en el que se mueve la mayoría de la población, y lo puedo constatar día tras día con las encuestas que voy haciendo en mis clases. Y no sólo en referencia a Esparta, que no deja de ser un caso paradigmático, sino a propósito de cualquier tema histórico.

300_7Más info sobre este tema de Historia Antigua en los enlaces, y en el libro descargable en PDF de Paul Cartledge, Los espartanos, una historia épica.

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