El castillo de Marcilla

La visita de esta semana la hacemos al castillo de Marcilla, ya que estamos en fiestas de Falces y nos viene muy a mano. Además, estamos en tierras de los marqueses de Falces, agramonteses, en guerra abierta contra los condes de Lerín -que en Falces lo tenemos aquí al lado, al otro lado, al Oeste- así que el contundente castillo de Marcilla es una prueba de que el enfrentamiento entre el líder del bando beaumontés, el conde de Lerín, y el líder del bando agramontés, el marqués de Falces, iba muy en serio.

Pero hoy no hablaré mucho del castillo de Marcilla como construcción, ya que es de sobra conocido: está en medio del pueblo de Marcilla, y hasta uno de los actos más emblemáticos de la localidad, “el campeonato de lanzamiento de rabiosa (azada)”, se celebra en sus fosos. Además, en los últimos años la leyenda de Ana de Velasco y de su defensa del castillo frente al invasor coronel Villalva, se ha vuelto a poner de moda, y muchos Colegios navarros van a visitar el castillo en masa, aprovechando que su entorno está ajardinado.

Hoy el castillo es una dependencia visitable, propiedad pública, declarada bien de interés cultural, y restaurada entre los años 2008 y 2012 (ver detalles sobre la restauración en https://www.navarra.es/…/3…/222110/castillo_restauracion.pdf). Su perímetro de planta cuadrada, con sus muros y sus fosos se visita libremente. Para visitar el interior, con su patio de armas y la capilla con pinturas originales del siglo XVI, restauradas en 1999 (ver artículo de Josér Sagasti y Blanca Sagasti en Príncipe de Viana, 2001, 224), hay que llamar al ayuntamiento, concertar cita guiada o incluso teatralizada. Fue construido por Pierres de Peralta “el viejo” (el padre del “famoso” y “malvado” Pierres de Peralta, el joven, asesino del obispo de Pamplona Nicolás de Echávarri, en 1468, que escandalizó a Navarra con ese acto), hacia finales del reinado de Carlos III. He localizado una xilografía preciosa del castillo en la Biblioteca Digital Navarra, hecha a partir de un dibujo hecho por F. Ruiz en 1867, donde se ve el castillo con una fisionomía muy diferente de la actual: en aquella época eran las torres las que estaban almenadas, y en cambio el remate de los muros entre las torres estaba hecho sobre la actual barbacana (una típica barbacana de la época, similar a la del palacio de Arazuri), elevando así un piso más la altura del palacio, que estaba techado entre las torres, y no almenado como ahora. Además, la entrada al palacio tenía un pórtico cubierto con dos pisos, que hoy se ha perdido. Pongo una foto actual para que comparéis y saquéis vuestras conclusiones sobre el paso del tiempo y la restauración de 2012. La xilografía lleva por título “Castillo de Marcilla, donde estuvo presa doña Blanca de Navarra”, en referencia a la hermana del Príncipe de Viana, cuyos derechos al trono navarro fueron postergados al igual que los de su hermano. Veréis que el palacio medieval era mucho más hermoso que el actual, al menos así opino yo. Espero que la contundencia de sus muros actuales le permita perdurar al menos otros 500 años más.

Pero sin duda la historia del castillo de Marcilla va ligada a la leyenda de Ana de Velasco, casada con Alonso Carrillo de Peralta y Acuña, primer marqués de Falces, nieto de Pierres de Peralta, el joven, y del poderoso arzobispo de Toledo, Alonso Carrillo de Acuña. Lo interesante del caso es que el título de marqués de Falces se lo concedió Fernando el Católico a Alonso Carrillo en 1513, es decir, sólo un año después de la conquista de Navarra, como recompensa a su fidelidad (ojito, porque era el líder de los agramonteses, entonces en teórica rebelión). Por su parte, Ana de Velasco era castellana, hija de Luis Fernández de Velasco (que era hermano del condestable de Castilla Pedro Fernández de Velasco), y de Ana de Padilla, hija a su vez de Juan López de Padilla Sarmiento, Adelantado Mayor de Castilla. Es decir, Ana de Velasco pertenecía a la más alta nobleza castellana de la época.

El origen de la leyenda tiene que ver con la destrucción que los castellanos hicieron de algunos castillos navarros. El proceso se dio en dos momentos diferentes, en 1512, después de la conquista, por orden de Fernando el Católico, y en 1516, por orden del Cardenal Cisneros. La primera destrucción se dirigió a castillos reales con funciones defensivas y estratégicas, como los de Leguín, Cáseda, Castillonuevo, Aguilar, Cábrega, etc… hasta casi una veintena de ellos. Lo cierto es que -según Lacarra- muchos de ellos debían estar ya en un estado ruinoso. La segunda tanda de destrucciones fue desigual, y si dirigió a ciudades o villas amuralladas (Martinena cuenta maravillosamente el proceso en su libro Castillos reales de Navarra, p. 97 y ss). El Cardenal Cisneros justificó la destrucción de castillos porque “era cosa muy dificultosa haver de poner en cada lugar gente de guarda”, es decir, que no había soldados para tanto castillo, y estratégicamente no se consideraba conveniente tener tanta fortaleza vacía. El coronel Villalva, que dirigió el proceso, acabó alardeando de la eficacia de su tarea, al sostener en una carta al propio Cardenal, que “Navarra está tan baxa de fantasía después de que Vuestra Señoría Reverendísima mandó derrocar los muros, que no ay ombre que alçe la cabeça”.

En realidad el proceso de 1516, llevado a cabo por Antonio Manrique, duque de Nájera, se dirigió contra las murallas de Tudela, Olite y Tafalla, Lumbier, Mendigorría y Lerín, es decir, tanto villas agramontesas como beaumontesas. El propio conde de Lerín, líder procastellano de los beaumonteses, debió de protestar por estas acciones. Sin embargo, la ejecución en la práctica de las órdenes de Cisneros no se hizo igual en todas partes. El trabajo de demolición habría sido enorme, así que se hicieron trabajos parciales: se abrieron agujeros en los muros, se desmocharon torres, y en definitiva, se acabó con la eficacia de algunas de estas fortalezas. En cambio, los castillos o palacios nobiliarios no fueron desmantelados (la prueba es que han durado hasta hoy en día y que yo puedo ir haciéndoles fotos). Quizás con dos excepciones: los palacios nobiliarios de Javier y Marcilla, ambos agramonteses, sí fueron objeto de la intervención castellana en 1516. En el caso de Javier, eso sí, teniendo en cuenta que se trataba de una residencia nobiliaria, se eliminaron sólo los elementos defensivos, como indicaba el propio duque de Nájera: “he de advertir que el Cardenal ordenó la demolición de la casa entera, y que sin embargo se redujo a demoler la parte fuerte d’ella […] El resto […] fue conservado para que lo pudieran habitar”.

Algo similar, sin duda, habría ocurrido en Marcilla sin la intervención de la marquesa de Falces. La resistencia de la marquesa de Falces, hija de Luis Fernández de Velasco y de Ana de Padilla quizás no necesitara ser tan heroica como la han pintado. Lo que quiero decir es que el coronel Villalva, castellano como la marquesa Ana de Velasco, seguramente podría verse intimidado por la presencia de una noble castellana de tan alta cuna, a la cual seguramente también, reconocería. Es más, la capacidad de negociación y persuasión de los marqueses de Falces con el duque de Nájera, sin duda sería grande, más aún si se trataba de conservar intacto su palacio, que además era su vivienda habitual. Una capacidad de negociación que sin duda, no tuvo el señor de Javier, Miguel, cuyo carácter era claramente rebelde, y que no tenía lazo alguno con la nobleza castellana.

La cuestión es que no acabo de localizar por ninguna parte el origen de la historia de Ana de Velasco, que todo el mundo hace partir de los Anales del Reyno de Navarra, de Franciso Alesón, redactados a comienzos del siglo XVIII. De hecho, Alesón no cita su fuente, y parece plantear hipótesis en función de lo que se decía en la época sobre el asunto. Así, el cronista Francisco de Alesón se hizo eco de algunas leyendas sobre la muerte del coronel Villalva, que habría fallecido envenenado por el conde de Lerín, después de invitarle éste a cenar, o que quizás habría muerto por empacho, como castigo divino por haber retado a San Martín en Estella, al decir “San Martín, San Martín, alto estás, pero yo te abajaré”. Estas dos leyendas de Alesón fueron metidas en la coctelera de los románticos navarros eúskaros, en concreto por Navarro Villoslada, que escribió su relato legendario “El castillo de Marcilla” a mediados del siglo XIX, donde se novelaba o “inventaba” sobre la figura de Ana de Velasco. De ahí bebió Hermilio de Olóriz para publicar su poema “La heroína”, en el que el malvado coronel Villalva muere por aparente acción divina:

Villalba allí no murió;
pero su audacia insolente,
tan humillada quedó,
que, al volver de su accidente,
a Estella se retiró.

[…]

Si fue milagro, no sé;
pero de su gloria el brillo
en Marcilla hollado fue:
¡juró arrasar el castillo…
y el castillo sigue en pie!

(Publicado el 13 de agosto de 2019 en Facebook)

Acerca de imugueta

Soy profesor de Historia Medieval en la Universidad Pública de Navarra. http://www.unavarra.es/pdi?uid=2159
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