Roncesvalles ¿El nacimiento de un reino?

Una de las cosas que pretendía hacer con este blog es comentar novelas o libros que tratasen de temas históricos. Hasta ahora no lo he hecho, pero es lo que me propongo hacer hoy con una novela sobre  la batalla de Roncesvalles titulada 778. Orreaga. El nacimiento de un reino, de Arantzatzu Ametzaga Iribarren, editada por Txertoa.

Sin entrar en profundidades –porque sé que si entro en mayores disquisiciones, la mayor parte de la gente no me lee, je je-  diré que esta novela no me ha gustado nada. Resulta una interpretación contraria a la que tantas veces hemos oído sobre la batalla de Roncesvalles: o sea, la visión tradicional de un ejército franco-carolingio heroico, derrotado en su regreso por los vascones, o quizás por los musulmanes. La autora, en cambio, narra una visión negativa de los francos que nos presenta a un Carlomagno ambicioso en exceso, que pretendió someter las tierras libres de los vascones, y que fracasó de manera vergonzosa.

En la novela 778. Orreaga podemos encontrar un ejército franco cristiano revestido de todos los vicios posibles, con unos personajes detestables a rabiar, empezando por el protagonista Roldán, un jefe despiadado, tramposo, puerco a más no poder… Frente a ellos, los vascones y la ciudad de Pamplona como virtuosos antagonistas que sí conocen el honor, la pureza, la limpieza, la belleza… Los vascones vivirían ligados a su tierra, unidos en una especie de sociedad igualitaria, en un estadio de casi pre-cristianización idílica, adorando en muchos casos a deidades de la naturaleza que serían respetadas incluso por los jefes vascones cristianizados. Coincidiendo con la famosísima batalla, además, nacería un niño destinado a reinar sobre todos los vascones: Íñigo Arista.

Siendo una novela publicada en 2015, no acabo de entender dónde encajan los nuevos descubrimientos arqueológicos de la plaza del Castillo de Pamplona. La historia nos presenta una Pamplona bucólica, libre, vascona, un auténtico y puro fortín de los vascones. Olvida la autora el importante cementerio musulmán de la plaza del Castillo, así como la contemporánea necrópolis del palacio del Condestable, que nos habla de una Pamplona del siglo VIII en la que convivían las religiones musulmana y cristiana, aunque con predominio político musulmán. Siendo aquellas las condiciones políticas y religiosas, la práctica total ausencia en la novela de musulmanes radicados en Pamplona y con poder político, me ha defraudado mucho, sinceramente. Lo que he leído se me ha antojado más una novela decimonónica, del estilo y del gusto de Navarro Villoslada o de Arturo Campión, que una novela de 2015 con la posibilidad de incorporar las informaciones más novedosas sobre la Alta Edad Media navarra. Los nuevos hallazgos arqueológicos obligan a los historiadores a rehacer sus trabajos, pero también deberían obligar a los novelistas históricos a replantear sus argumentaciones y sus narraciones.

A ver si lo digo más claro: si Carlomagno atacó Pamplona en su expedición a Zaragoza, sin duda lo hizo porque los musulmanes dominaban Pamplona, y por tanto, algo habrían tenido que decir  también los musulmanes en un posterior ataque a un Carlomagno en retirada. El ensueño pastoril de un Pirineo vascón incontaminado puede ser una interesante figura literaria, pero no una realidad histórica.

Para acabar, en un contexto de dominación musulmana como el que testimonian las fuentes arqueológicas más novedosas… ¿De verdad podemos pensar en el nacimiento de un reino hacia el año 778? Ángel Martín Duque no se ha cansado de mencionarlo: tendría que pasar más de un siglo para que las élites pamplonesas fueran capaces de renunciar a la dominación y/o alianza con los musulmanes, y que pudieran forjar un proyecto político propio y autónomo. Y siento decir que –en ese momento- el referente ideológico de esas élites fue la monarquía astur-leonesa, hacía tiempo enfrentada con el mundo islámico.

Por otro lado, la autora utiliza anacrónicamente conceptos como el de “Marca Hispánica”, que es una creación historiográfica de época moderna, como ha demostrado Fermín Miranda, y que por tanto, no era un concepto que se pudiera haber usado en el siglo VIII.

Por todo ello, creo que desde un punto de vista histórico, esta novela lleva a la confusión y a un planteamiento historiográfico erróneo. Sé que una novela histórica debe tener libertad creativa, pero debe practicar esa libertad sin sacrificar la veracidad histórica. No es fácil, pero nadie dijo que lo fuera.

Acerca de imugueta

Soy profesor de Historia Medieval en la Universidad Pública de Navarra. http://www.unavarra.es/pdi?uid=2159
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