300

La semana pasada mencioné la película 300 (2007), aunque de refilón. Pues esta semana le dedicaré unas líneas a un film que me parece muy sintomático de la forma que tenemos de acercarnos al conocimiento histórico hoy en día. Siempre han existido tópicos sobre la Historia, y la prueba es que a través de Plutarco los mismos romanos percibieron a Esparta como una realidad estereotipada. En cambio nuestra sociedad sólo es capaz de digerir los antiguos tópicos a través de una segunda simplificación que reduce aún más su veracidad histórica. Es el caso de Esparta y de la película 300.

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El entonces jugador de la selección española Álvaro Arbeloa celebró la victoria en el mundial de Sudáfrica de 2010 al grito de ¡espartanos! Se lo decía a una masa enfurecida que observaba a los jugadores de la selección, subidos en un gran escenario. Al jugador del Real Madrid le llamaban espartano, seguramente por su forma de juego, más aguerrida que virtuosa. El maestro de ceremonias en aquella ocasión fue el jugador Pepe Reina, que empezó su show particular gritando lo mismo: “Espartanos, ¿Cuál es vuestro oficio?”, y la gente respondió con una onomatopeya de significado difícilmente explicable: ¡aú, aú, aú! Lo más interesante del caso es la comunicación que se establecía entre aquellos jugadores de fútbol y unos 250.000 asistentes en la celebración de la explanada de Puente del Rey, por medio de un tema histórico: Esparta.

César Fornis ha hablado de Esparta como de un “sendero de tópicos y falacias”, y Paul Cartledge decía que Esparta “es una marca registrada, no sólo un nombre”. Desde luego posee un significado en el presente, y cada vez resulta menos importante que ese significado tenga una relación más o menos precisa con la realidad histórica. Y todo ello a pesar de que en los últimos tiempos los historiadores sobre Esparta han ido poco a poco interpretando de manera más precisa las fuentes antiguas, cotejando las informaciones que aportaban con los testimonios arqueológicos, y mostrando que Esparta no era socialmente tan diferente de las otras polis griegas. Desde luego tenía un sistema político diferente del ateniense, una oligarquía, y además su existencia como potencia griega estaba basada en el dominio de Laconia y Mesenia, las dos regiones del sur del Peloponeso, cuyos habitantes (ilotas) eran sometidos a la esclavitud de los ciudadanos (espartiatas). La organización social espartana –basada en las leyes dictadas por el legendario Licurgo-, incluyó un sistema de educación y adiestramiento para el combate (agoge), ya que sólo si los espartiatas se organizaban de esta manera podrían controlar de manera efectiva un territorio tan grande sometido a la escalvitud.

Recuerdo que en el colegio estudié las polis griegas (¡qué barbarie!) entendiendo que había un enfrentamiento entre buenos y malos. Buenos, los demócratas atenienses; malos, los oligarcas y esclavistas espartanos. Ambos fueron capaces de unirse y superar sus diferencias en un intento de defensa casi nacionalista de Grecia, contra los persas, en las guerras médicas. Sin embargo, luego estallaron sus diferencias en las guerras del Peloponeso, en las que vencieron los espartanos a los atenienses, marcando así el final de la Grecia clásica a finales del siglo V a.d. C. Esto es lo que yo entendí entonces. Es una idea simple y tópica, pero al menos es interesante, y me salva el hecho de que yo era un niño. Después de unos años -ya como historiador-, he podido ser consciente que hay que matizar muchas de estas afirmaciones.

Pero el problema es que hoy en día un cineasta americano se fije en un cómic creado en 1998 y decida hacer una película de presupuesto millonario sobre la antigua Esparta sin consultar ninguna otra fuente histórica, y que el resultado sea algo que ni siquiera un niño habría entendido así de mal: un delirio de tópicos y violencia que no informa en absoluto sobre la realidad histórica, pero que seduce estéticamente y engaña a los millones de espectadores que la han visto. Y todo ello –además- con una intención moralista detrás, que plantea un conflicto entre un occidente ¿civilizado? (aú, aú, aú) y un oriente decadente. Un conflicto del presente, no del pasado, y detrás del cual se pueden entrever líneas políticas y morales propias de la derecha americana más belicista.

Este es el nivel de interpretación histórica en el que se mueve la mayoría de la población, y lo puedo constatar día tras día con las encuestas que voy haciendo en mis clases. Y no sólo en referencia a Esparta, que no deja de ser un caso paradigmático, sino a propósito de cualquier tema histórico.

300_7Más info sobre este tema de Historia Antigua en los enlaces, y en el libro descargable en PDF de Paul Cartledge, Los espartanos, una historia épica.

Acerca de imugueta

Soy profesor de Historia Medieval en la Universidad Pública de Navarra. http://www.unavarra.es/pdi?uid=2159
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