200

Seguramente muchos conocéis la famosa película 300, un despropósito histórico urdido con intenciones presentistas por la industria americana del cine sobre la antigua Esparta. La versión navarra del asunto bien podría llamarse 200, pues es ese número el que se asigna a los defensores navarros del castillo de Maya (Amaiur) en 1522, capitaneados por Jaime Vélaz de Medrano, convertido por la actual literatura neo-romántica en todo un Leónidas foral. Lo heroico de la acción militar de Amaiur es indudable –pues los agromonteses acantonados resistieron frente a un enemigo muy superior- pero la interpretación historiográfica dominante en la actualidad –visible por ejemplo en la nueva exposición organizada por el ayuntamiento de Pamplona– sí me parece criticable: para ellos los resistentes de Amaiur son patriotas navarros que defendían la independencia del reino frente a un agresor exterior.

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Nuestra Historia forma parte de nuestra identidad. Por eso los mandatarios abertzales de Navarra invierten unas cantidades tan importantes de dinero en la Historia en un momento de crisis. Es inevitable, nos definimos por lo que fuimos. Si imponemos nuestra propia lectura del pasado, imponemos nuestra propia lectura identitaria. La exposición de Asirón –su presencia se advierte por todas partes- incluye obras de amigos y colaboradores del alcalde y, sólo en el piso inferior, los materiales descubiertos por los arqueólogos de Amaiur (lo más interesante de la exposición).

Los literatos navarros de la asociación Euskara, como Arturo Campión o Iturralde y Suit –bien recordados en la exposición- plantearon la conquista de Navarra como una agresión externa injustificada y descontextualizada, algo extraño e inesperado que ocurrió de manera sorprendente en 1512. Sólo se explicaría por la maldad y la ambición de un hombre, al que llaman Fernando el Falsario (Fernando el Católico). La actual historiografía de corte abertzale insiste en perpetuar esta idea, planteando una larga guerra fechable entre 1512 y 1529. El problema de este planteamiento historiográfico es que reduce toda la problemática del conflicto a la legitimidad dinástica, olvidando otros factores de tipo económico o social. Entender que la guerra comienza en 1512 es ocultar parte de la verdad, y esto se hace de una manera consciente.

La guerra civil navarra comenzó tras la huida del Príncipe de Viana a Guipúzcoa en 1450, y más en concreto con su regreso en 1451, año en el que se produjo la primera batalla entre las fuerzas agramontesas y beaumontesas, la batalla de Aibar. En este enfrentamiento venció el bando agramontés, liderado por Juan II, curiosamente el padre tanto del príncipe de Viana como de Fernando el Católico. El príncipe de Viana se había rebelado contra su padre, Juan II, rey consorte de Navarra que se había mantenido en el poder tras la muerte de la reina legítima del reino, Blanca de Navarra, madre del príncipe de Viana. La lógica dinástica dice que el Príncipe Carlos debería haber reinado tras la muerte de su madre, pero no fue así, y sus partidarios (los beaumonteses), se rebelaron, dando lugar a una guerra que sólo terminaría en 1522 (o 1529). El bando beaumontés se mantuvo en rebeldía hasta 1512. El problema para ellos fue la prematura muerte de Carlos (1461), que les dejaba sin un candidato al trono, toda vez que su hermana Leonor, iba a gobernar el reino en nombre de su padre. Además, los reyes que siguieron al frente de Navarra, fueron descendientes de Leonor (1479), casada con el conde Gastón de Foix: su nieto Francisco Febo (1479-1483), y finalmente su nieta y hermana del anterior, Catalina de Foix (1483-1512), casada con Juan de Albret.

Lo que pocos saben es que –a pesar de que Catalina fue reina natural de Navarra desde 1483- su reinado efectivo sólo pudo comenzar en 1494, pues hasta esa fecha los reyes no pudieron entrar en Pamplona para coronarse, ya que la capital del reino era feudo del bando beaumontés. En realidad todo el norte de Navarra estaba controlado por esta parcialidad, y su líder, el conde de Lerín, se expresaba de esta manera en un documento de 1474, durante el reinado de Francisco Febo: “e todos los otros que al dicho principe don Carlos seruieron e su justicia e drecho segujeron por su deffenssa e manparo, les es forcado perseberar, continuar e biuir en la dicha guerra e auer e buscar rey e senyor qui los deffienda”. En este mismo documento –el número 302 de la colección de la ciudad de Pamplona- el conde de Lerín no reconocía como reina a la reina Leonor I, a la que acusa de hacer “actos muchos, grandes, erróneos e feos, contra toda justicia e razón, por los dichos rey [Juan II] e infanta [Leonor]”.

Por tanto, el 1512 el conde de Lerín y los beaumonteses –ya derrotados- acudieron a una potencia exterior –la monarquía hispánica de Fernando el Católico- en busca de ayuda para su causa. Es lo mismo que hicieron los reyes de Navarra, Juan de Albret y Catalina de Foix, cuando fueron despojados de su reino: acudir al rey de Francia. En el intento de reconquista de Pamplona de noviembre de 1512 se juntaron tropas navarras y extranjeras tanto entre los asediados, comandados por el duque de Alba, como entre los que asediaban, comandados por Juan de Albret y el general La Palice. Castellanos (incluidos alaveses y guipuzcoanos) y beaumonteses, resistieron el asedio de la artillería francesa y las tropas agramontesas, bearnesas y francesas. Pueden contarnos todo tipo de películas extrañas, pero Navarra estaba siendo escenario de una guerra internacional entre las dos potencias de la época, convocadas por los bandos navarros enfrentados: Francia y la monarquía hispánica, llamados por Agramonteses y beaumonteses respectivamente. Y añado: los principales responsables de la desaparición del reino de Navarra no fueron los extranjeros, sino los nobles navarros de la época, que desgarraron el reino en una guerra civil de setenta años.

Presentar a los agramonteses como patriotas y a los beaumonteses como traidores es un reduccionismo muy propio de nuestra época. Desde luego, es mucho más fácil de entender y de contar hoy en día. Si además pintamos a nuestro alcalde como un heroico resistente de Amaiur –que es lo que podemos ver en la actual exposición del palacio del Condestable- el mensaje es claro: ya los patriotas abertzales nos defendían Navarra de la agresión española en 1522. Pero este planteamiento es anacrónico, presentista e interesado, y la realidad fue mucho más compleja: como siempre es difícil hablar de buenos y malos en una guerra. El proyecto político de un Estado pirenaico compuesto por Navarra y el Bearne, fue un intento desesperado e improvisado de los últimos reyes de Navarra, y estaba destinado a fracasar, puesto que topaba con la soberanía francesa, y con la división banderiza del reino de Navarra. Entender que la Navarra de 1522 era un alter ego de la actual Euskal Herría de los abertzales es, para mí, una locura. Y pintar en un cuadro a Asirón a lado de Jaime Vélaz de Medrano es para echarse a reír y no parar. Sólo faltaría un Fernando el Católico similar al Jerjes que podemos ver en la película 300. La monda.

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Pongo aquí el comienzo del doumento que cito, tomado del número 2 de la colección documental del Archivo Municipal de Pamplona, publicada por Ricardo Cierbide y Emiliana Ramos:

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Para saber más sobre este tema de Historia de Navarra, recomiendo la obra coordinada por Alfredo Floristán, titulada 1512. Conquista e incorporación de Navarra. Historiografía, derecho y otros procesos de integración en la Europa Renacentista, publicado por la editorial Ariel, y para los detalles del proceso de conquista, la de Peio Monteano, La guerra de Navarra (1512-1529).

Acerca de imugueta

Soy profesor de Historia Medieval en la Universidad Pública de Navarra. http://www.unavarra.es/pdi?uid=2159
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Una respuesta a 200

  1. Mila Burgaleta dijo:

    Asusta lo manipulables y subjetivos que somos como personas, así que el reduccionismo y el presentismo históricos encuentran el terreno abonado.
    La historia de Navarra es suficientemente apasionante desnuda, tal cual. Una visión científica y profesional honesta de nuestro pasado es necesaria entre otras cosas, para no repetir antiguos errores. Tenemos las fuentes, los archivos, el trabajo arqueológico, así que solo nos falta querer ver la verdad más limpia posible. Gracias por contribuir con este magnífico post y por recordarnos lo que somos.

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