La momia de Halloween

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Ya que esta semana la iniciamos con la fiesta de Halloween, me gustaría hacer este post semanal sobre uno de los personajillos de la cosmología terrorífica de la noche de difuntos, según la narrativa popular nos va dejando configurado el relato o, vaya, el batiburrillo. En el siniestro reparto de la noche del nuevo y consumista Todos los Santos, se mezclan “a lo loco” elementos de la cultura cristiana (demonios y brujas), personajes de origen histórico (Drácula), monstruos tradicionales (brujas, fantasmas, hombres-lobo y vampiros), invenciones de la prensa y de las narrativas en diferentes formatos (como las momias vivientes), personajes salidos de las novelas góticas (Frankenstein o, de nuevo, Drácula), y asesinos despiadados tomados directamente de la cinematografía de terror de finales del siglo pasado, como Freddy Krueger o Jason. De todos estos personajes –encabezados por la vieja leyenda británica de Jack-o’-Lanterm, convertida hoy en calabaza infernal- he elegido la momia, pues me parece un interesante ejemplo de cómo surge un mito.

A comienzos de noviembre de 1922 –y casi por casualidad- a Howard Carter se le ocurrió excavar debajo de las cabañas que durante los últimos años habían sido habilitadas para los trabajadores de su excavación arqueológica en el Valle de los Reyes, en Luxor. Fue así como el inglés se topó con el que quizás pueda ser considerado como el descubrimiento arqueológico más importante de todos los tiempos: la tumba de Tutankamón. Algunos de los que estudiamos Historia nos sabemos la historia de Carter desde primero de carrera, cuando nos hicieron leer Dioses, tumbas y sabios. Por lo demás, el relato del descubrimiento de la tumba es bastante bien conocido y se puede encontrar en Internet.

Los problemas empezaron con la enfermedad de quien había sido el patrocinador y promotor de la expedición, Lord Carnarvon, que murió el 4 de abril de 1923, desatando todo tipo de elucubraciones a propósito de las causas de su muerte, que sin duda se debió a varias infecciones provocadas en origen por un picotazo infectado. La salud del Lord, en cualquier caso, era ya mala en los últimos meses. Sin embargo, la prensa y algunos literatos dieron pie a la especulación. La novelista de moda por entonces en Inglaterra, Marie Corelli, ya advirtió de su preocupación por la salud de Carnarvon en el New York World Magazine, en marzo de 1923, y una vez muerto fue la primera en afirmar que existía una inscripción en la tumba de Tutankamón que afirmaba que quien rompiera los sellos del faraón y penetrase en la tumba, sufriría la maldición. Marie Corelli era una novelista de éxito, publicaba novelas policiacas y de corte gótico, y sin duda se inventó aquella prueba de la maldición, que nunca nadie ha encontrado, Ni que decir tiene que Marie Corelli ni se acercó a Egipto para realizar comprobación alguna. Sin embargo, no fue la única en apuntarse a la superstición, pues también Sir Arthur Conan Doyle, autor de Serlock Holmes, especuló con la posibilidad de que un hongo oculto en la tumba fuera el culpable de aquella maldición.  A partir de ahí la prensa sensacionalista inglesa pasó los años siguientes buscando muertes misteriosas en el entorno de los arqueólogos que estuvieron en el Valle de los Reyes en noviembre de 1922.

De nada sirvió que Hebert E. Winlock publicara un artículo en 1934 señalando que en aquella fecha sólo dos de las 26 personas que estuvieron presentes en la apertura de la tumba habían muerto. En los años sesenta fue Mark Nelson el que publicó un nuevo estudio, en una revista científica de medicina, comparando las edades medias de fallecimiento entre aquellas 26 personas y otro grupo de personas que estaban en otro lugar de Egipto en la misma época. La esperanza media de vida en el primer grupo fue de 70 años, y la del segundo, de 75, por tanto, la diferencia no indicaba que hubiese habido una catastrófica mortandad entre los descubridores del sepulcro de Tutankamón.

Pero todo eso da igual. Sólo diez años después del hallazgo, en 1932, Karl Freund realizó la primera versión cinematográfica de La Momia, con la colaboración del conocido actor especializado en el género de terror, Boris Karlof. En esa misma fecha Hergé empezó a publicar el cómic de su personaje Tintín, titulado, Los cigarros del faraón. El fenómeno era ya imparable, a pesar de que Howard Carter se cansaba de manifestar que la idea de la maldición era una estupidez. Los años cuarenta conocieron una serie de películas sobre la momia que no he visto, pero que debieron de ser bastante olvidables, y en 1959 se da una nueva versión de La momia, pero en este caso siguiendo a la serie de películas de Serie B, y no a la original. Para 1948 Hergé había publicado también su cómic Las siete bolas de cristal, sobre la maldición del ficticio rey inca Rascar Capac, y que en realidad suponía una nueva alusión a la maldición de Tutankamón.

Desde entonces nos hemos encontrado momias por todas partes: persiguieron a Scooby Doo, han aparecido en numerosas películas, series de dibujos animados y videojuegos, como el genial Age of Mithology, de Microsoft. Pero sobre todo, a partir de ellas se inició un género de narraciones relacionadas con el Antiguo Egipto en el que ya es lícito mezclar las momias con la magia y la mitología egipcias, para crear toda una cosmología de ciencia ficción con una estética simplista que –en cualquier caso- sí se basa en algunas fuentes artísticas de diferentes momentos del Antiguo Egipto. Vamos, un poco de magia, otro poco de mitología, algún elemento histórico que le aporte credibilidad, y a la cocktelera de la narrativa de ficción: ¡y ya tenemos el postre de momia servido! El fenómeno ha alcanzado su apogeo con la serie de películas de Universal Studios, protagonizadas por Brendan Frazer, que mezclan todo tipo de narraciones y mitologías egipcias con elementos de ciencia ficción. Y como resultado de todo este jaleo, una momia con los brazos extendidos hacia delante, y con paso irregular y cansino, se hace acompañar de otros monstruos en el particular Photocall de la Noche de Difuntos. “Estos del siglo XXI están locos”, dirían los antiguos egipcios si se enteran de todo esto.

Recomendación para más info sobre este tema de Historia Antigua: Joyce Tyldesley (2012), La maldición de Tutankamón. La historia de un rey egipcio, ESPA-EBOOK; Henry T.G. James (2005), Tutankamón, Barcelona: Folio; C.W. Ceram (1985), Dioses, tumbas y sabios, Barcelona: Orbis.

Acerca de imugueta

Soy profesor de Historia Medieval en la Universidad Pública de Navarra. http://www.unavarra.es/pdi?uid=2159
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