Borrar el pasado de Navarra

Hacer política con la Historia me parece una de las cosas más peligrosas que existen, pero mezclar política y memoria me lo parece aún más. Quizás se deba a la lectura temprana de la obra de Georges Orwell, 1984, la novela que vaticina el futuro bajo el dominio totalitario de un Gran Hermano (el Estado), que decide no sólo lo que debe ser en el presente y en el futuro, sino que también decide lo que fue el pasado a través de su Ministerio de la Verdad, encargado de borrar el pasado cuando era “incorrecto”.

La decisión de eliminar elementos del patrimonio histórico-artístico de Navarra (como los dos escudos de armas de los que se habla más abajo), representa la manera en la que desde ciertos ámbitos nacionalistas vascos (y no nacionalistas también, seamos justos), se entiende la Historia. Lo que no gusta del pasado, se olvida, o peor, se elimina. Lo siento por todos ellos pero la realidad histórica es tozuda, y seguirá mortificándonos durante toda nuestra vida: nuestra tierra –y la de al lado, y la otra, y la de más allá- vivió conflictos internos, padeció conquistas, sufrió traiciones y vivió dictaduras, y nada de lo que hagamos, digamos o destruyamos en la actualidad puede cambiar eso. Si borramos el recuerdo de todo aquello perderemos la perspectiva de lo que fue, y modelando el pasado a nuestra manera no conseguiremos progresar. Es más, haremos lo contrario.

Nuestra memoria nos dice quién somos y quién fuimos. Memoria e identidad van unidas, de la mano. Y aquí está el debate, pongámosle nombre. ¿Quién somos? ¿Quién fuimos? ¿Qué queremos ser? ¿Vascos, navarros, españoles, europeos…? Por eso hay que hacer más Historia, e influir menos en la memoria colectiva. Y la educación… simplemente debería facilitar las herramientas necesarias para que cada uno mire críticamente al pasado y decida cuál es su identidad sin intromisiones externas. Quizás soy un ingenuo, aún a mi edad.

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En Navarra se ha creado recientemente una nueva Dirección General, la de Paz, Convivencia y Derechos Humanos, que engloba el “Servicio de Memoria y Convivencia”, y que se ha dotado, en su conjunto, con un presupuesto de 800.000 € en los presupuestos de Navarra de 2016, una cantidad que promete ir creciendo en los próximos años.

En mi opinión, un gobierno debería dedicarse a financiar las actividades que los historiadores profesionales con los que cuenta (en Universidades, Archivos o Centros de Investigación), realizan para construir la Historia de Navarra. Para eso nos paga, y para eso nos ha seleccionado por medio de procesos selectivos que buscan la objetividad. Las actuaciones en el terreno de la memoria me parecen peligrosas, porque suponen una injerencia política en el recuerdo de su población, que debería poder elegir libre e individualmente aquello que quiere y que no quiere recordar. Porque la Historia es el saber científico sometido a crítica, pero la memoria representa al saber popular, que no tiene por qué coincidir con el anterior. A la memoria no se le pide veracidad, porque incluso puede ser cambiante. Tengo muy claro que los nuevos tiempos van por aquí, y que las instituciones están mucho más preocupadas por cultivar el saber y la cultura populares, que la cultura o el saber académicos o expertos. Es nuestro tiempo, es el llamado “pensamiento wiki”. Y sin embargo yo siempre reivindicaré el trabajo del profesional de la Historia, el del historiador, pagado para hacer ese trabajo, y que –con las imperfecciones propias de cualquier labor profesional- tiende hacia una mayor excelencia que el trabajo aficionado.

El problema es que en los últimos tiempos esta nueva manera de pensar se atreve a tomar decisiones serias al margen de cualquier tipo de asesoramiento académico o científico. Dudo mucho que cortar a sierra un altorelieve situado en el frontón del Palacio de Navarra haya tenido un asesoramiento serio de un taller restaurador. Al menos tenía detrás la ley de Memoria Histórica, y se parapetaba bajo el paraguas de la retirada de los signos franquistas. Entiendo que se quieran retirar los símbolos de una dictadura, y más en un lugar tan emblemático, pero no a cualquier precio, a costa por ejemplo de cargarse el patrimonio histórico-artístico. La escultura representaba el escudo de Navarra sostenido por dos figuras apolíneas alegóricas de la Ribera y la Montaña. No parece tan malo como para segarles los pies a las dos esculturas con una sierra, si lo único que sobraba en la escultura era la “laureada” que rodeaba el escudo. La actuación da pie a que los malpensados barajen otras motivaciones, como que lo que quería quitar el gobierno de Navarra era el propio escudo de Navarra.

Lo que resulta menos disculpable aún es que el alcalde de Pamplona decida unilateralmente retirar el magnífico escudo borbónico del zaguán del ayuntamiento, argumentando que nada tiene que ver con Pamplona o con Navarra. Juan José Martinena respondió a estas afirmaciones de manera brillante el sábado en Diario de Navarra, aunque dudo que sirva de algo. El escudo quedará oculto a partir de ahora en algún depósito municipal, para que no se vea, para borrar el recuerdo de algo que en el pasado fue, pero que al señor alcalde no le gusta. Los nuevos gobiernos son muy aficionados a hacer referéndums, pero una decisión unilateral del alcalde ha sido suficiente en este caso: “que le corten la cabeza”. El escudo llevaba un siglo en aquella ubicación, tres siglos en Navarra, una vida de doscientos años en Navarra más que el propio alcalde, y sin embargo el alcalde considera que nada tenía que ver con Navarra.

Ya que se está invirtiendo tanto dinero en conservar la memoria, habría que tratar de que la memoria no se lleve por delante el patrimonio, las huellas documentales y fidedignas de lo que realmente fue, porque con ellas trabaja la Historia. Este es el conflicto que nos plantean hoy. ¿Memoria o Historia?

Acerca de imugueta

Soy profesor de Historia Medieval en la Universidad Pública de Navarra. http://www.unavarra.es/pdi?uid=2159
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